Las medidas universales de Lucifer (1)


por EL PUNTAL DE DIOS

El telescopio que posee el Vaticano para “mesurar” los astros en el Monte Graham, EEUU (¿LUCIFER?)

“Sólo vale la pena aprender

lo que no se puede explicar”

                                          Le Corbusier

 

 

 No se lleven a engaños con el llamativo título de esta novela ambientada en la España de 1849, durante el debate de la imposición por ley del sistema métrico decimal. Tan sólo es un efecto, a modo de ironía, de por dónde van los disparos a la historia en esta breve y curiosa investigación.

Buscar relaciones entre medidas de longitud de distintas civilizaciones, a lo largo de los tiempos, y la unidad métrica decimal utilizada desde hace un par de siglos no parece tan fácil como , a priori, resultaría. parecería absurdo pensar, desde un punto de vista oficial, que esas unidades de medida ancestrales encajaran de manera retorcida con el METRO universal. Pero como para retorcida, y llena de sutiles engaños, ya está la historia oficial en sí, habrá que fiarse de lo que dicen las Ciencias Matemáticas y los datos que aportan sobre veracidad de ciertos hechos.

 

 

Como decía ese general corso, y francés accidental (Córcega fue vendida por los genoveses a Francia un año antes que naciera Napoleone di Buonaparte: “El avance y el perfeccionamiento de las Matemáticas están estrechamente relacionadas con la prosperidad del Estado”. Me viene la idea la estrechez del pasaje de tercera categoría de barcos o trenes y la enorme prosperidad de los camarotes y suites de primera en estos. El Estado no avanza igual para todos. La “ÉGALITÉ” es un concepto sobrevalorado.

Y la “visión retorcida” no viene sola. El visionado de infinidad de distancias, con resultados mágicos, en el imprescindible canal de You Tube  PETERHOUSE PRODUCTIONS da que pensar. Repeticiones constantes de cifras como 333, 666, 111, 33.3, 6.66, …, en diferentes unidades de medidas de longitud actuales (kilómetros, millas y millas náuticas) se intercambian entre monumentos sagrados o edificios históricos y construcciones contemporáneas. Muestran esa mágica relación de números alternando el sistema métrico decimal, el sistema anglosajón y la medida de longitud en grados, minutos y segundos.

Descartando la casualidad o azar, por causalidad, en cientos de mediciones realizadas por el autor de este canal, habría que buscar un origen o patrón que se pierde en la noche de los tiempos (expresión utilizada por ese conocido y “bienpagado” vocero de los misterios “no tan desconocidos”). Indagar entre las medidas utilizadas en la antigüedad alguna pista que lleve a una pequeña respuesta dirigida a atar algún cabo.

 

 

Según la postura oficial, el hombre estableció unidades de medida cuando comenzó a trabajar en comunidades, y a comerciar unas con otras. Sí,… puede ser. Pero ese mismo hombre de la antigüedad (el de hace unos cuantos milenios y que para la oficialidad ortodoxa iba poco más que en taparrabos) que tuvo altura de miras para medir el tiempo observando el Sol, la Luna y los movimientos de los astros estableciendo calendarios agrícolas, puede que no se quedara sólo con simples pies, codos y dedos (algunos puede que morcilleros) para medir distancias de gran recorrido y que se relacionan “mágicamente” entre sí.

Dibujos de Da Vinci, Durero, Zeysing y Le Corbusier

 

Decía Vitruvio (s. I a.C.): “Ningún templo puede representar un razón en las composiciones sin la simetría y la proporción al modo como hay una exacta razón en los miembros de un hombre bien formado”. Está hablando de proporciones exactas, NO de pies y manos más o menos iguales. Otro ejemplo más contemporáneo es el alemán Adolph Zeysing, que escribía en 1855: “Para que un todo, dividido en partes, parezca hermoso desde el punto de vista de la forma, debe haber entre la parte menor y la mayor la misma que entre la mayor y el todo”.

 

 

Igual que atribuimos al arte, la construcción de edificios o monumentos, proporciones establecidas con la belleza natural: debe existir una o varias proporciones “mágicas” que han sido, y son, utilizadas desde hace bastantes siglos, quizá milenios, que relacionan esas curiosas distancias. Siendo consciente que me estoy metiendo en terreno pantanoso, profano y especulativo, no temamos a caer en lo ridículo y tratemos de buscar alguna explicación a este suceso.

 

 

El célebre arquitecto Le Corbusier, ya en el siglo pasado, hablaba de “adaptar” las medidas y las distancias a la marcha natural del hombre y la carrera diaria del Sol.

Durante la antigüedad y época clásica sólo aplicaban la GEOMETRÍA (medición de la tierra) SAGRADA los grandes sabios, grandes maestros iniciados o sacerdotes. Eran ellos los que atesoraban las medidas. Relacionaban distancias referenciales respecto a los astros y estaciones del año. Conectando al hombre con su espacio de vida. Para la filosofía griega el Universo se basaba en números. El orden-KOSMOS.

 

Pitágoras decía, (o le atribuían a su personaje, más bien) que el mundo era una armonía, que los planetas al desplazarse emitían un sonido, y que ese sonido de todos los planetas era una sinfonía. Alegoría que confirmaría la ley de Johan Titius a mediados del siglo XVIII, donde se demuestra que el sistema planetario cumple una proporción matemática en su composición de órbitas alrededor del “astro rey”.

 

Las galaxias también guardan esa geometría sagrada en su forma, con el modelo de espiral áurea, como algunos fenómenos atmosféricos, como huracanes,y multitud de formas en los reinos animal y vegetal. Todo perfectamente ordenado…🤔¿Todo?




MENTIRAS QUE CUENTAN VERDADES

 

La verdad adelgaza y no quiebra,

y siempre anda sobre la mentira

como el aceite sobre el agua.

                      Miguel de Cervantes 

         (Don Quijote de la Mancha. 2ª parte..Capitulo X)

Volvemos a la manía de atesorar y salvaguardar secretos de generación en generación, y de sabios a iniciados en forma de fórmulas áureas sumadas a saber con qué otras escondidas, para ocultar esas distancias mágicas y sus mediciones. De nuevo, “nos ponen a salvo” de un secreto que podría ser utilizado (a saber) en nuestra contra si cayera en malas manos.

¿Por qué motivo esconderían esas mediciones, si no? ¿Tienen (o cuentan que tienen) algún tipo de energía o magia; o afecta de alguna manera a las voluntades de las personas? No, no es una locura. Ya hemos podido plantear en investigaciones anteriores como utilizan construcciones y monumentos para “tratar” de cambiarlas. Al menos esa es su intención y en la que parecen creer. Y es que ya vamos pillando antes a un filántropo que a un ladrón.

Para intentar ver el origen de esas medidas a través de los tiempos vayamos, brevemente, donde se gestaron las actuales medidas.

Comencemos por la más antigua, el sistema anglosajón ( o sistema imperial) de unidades. La historia nos remite a que son una evolución de las medidas utilizadas durante el imperio romano adaptadas a las medidas y usos propios de la cultura anglosajona (pulgadas, pies, millas, leguas,…). Sin convertir ninguna medida en otra unidad actual, observemos que equivalencias “mágicas” pueden tener ellas.

 

 

Existe aquí una medida que llama la atención: el ROD ( o vara). Su equivalencia con otras unidades de medida son curiosas. 4 ROD forman una medida llamada CADENA (CHAIN), que equivalen a “22” mágicas YARDAS y a “66” luciferinos PIES. Seguimos con las 10 CADENAS que hacen un FURLONG, que contiene 220 YARDAS y 660 PIES. Y 8 FURLONG forman 1 MILLA inglesa, que alberga una cifra de 63360 pulgadas. Un 6-6-6 desglosado cuya suma reduce al demoníaco “9”.

Curiosa esa medida de profundidad, también, la braza; cuyos 6 pies hacen un total de 72 pulgadas; como los 72 demonios invocados por el rey Salomón, obligados a trabajar para él;  al igual que los 72 sabios que allá por el siglo III a. C, tradujeron y manipularon el contenido de la Biblia hebrea al griego común (koiné). Más o menos, por la época cuando Eratóstenes “midió” la circunferencia de la Tierra como veremos después

 

El valor de la milla náutica, de grados sexagesimales al sistema métrico decimal se obtiene de partir los 40.000 kilómetros de orbe terrestre entre 360º. Eso daría los mágicos 111,111… Km por cada grado del globo. Partiendo por 60′ (minutos) de arco cada grado resultaría 1851,851851… metros el minuto. La relación de Unidades métrico decimales (U.M.D) y grados es sospechosa: 6 millas náuticas equivalen a 11.111,111 m, como 6 grados de arco terrestre son 666,666 Km. Pueden probar los múltiplos de 30 y 60 millas náuticas y les darán unas distancias muy “mágicas” como resultado…

Vamos observando por donde podrían ir los tiros del “METRO” y su extraordinaria relación con el “ARCO TERRESTRE” y sus medidas. Vayamos por partes y al origen (oficial, por supuesto) de los conceptos medidas de ARCO y unidad métrica decimal.

 

Eratóstenes de Cirene (circa 284-192 a.C.) , tercer director de la mítica Biblioteca de Alejandría. Este filósofo multidisciplinar, primero en utilizar la palabra GEOGRAFÍA y uno de los padres se la matemática aplicada, junto a Arquímedes. Recoge el saber de las observaciones de astrónomos durante miles de años de los eclipses de Luna. “La Tierra al interponerse entre el Sol y nuestro satélite, proyecta una sombra circular, característica que sólo posee una esfera”

 

 

Es decir, que la idea de la Tierra redonda no viene de Eratóstenes. Es muy anterior. A él, o a su personaje puede que engrandecido por él mismo, se le atribuye el primer mapa del mundo conocido con paralelo y meridiano, desarrollados como figuras abstractas que ayudan a la medición de distancias. Resulta anecdótico como la medida obtenida por este sabio fue bastante precisa, en comparación con trabajos posteriores. Posidonio, por ejemplo, allá por el año 100 a.C. calculó la distancia perimetral del planeta en 28900 Km. Se basó en la distancia de Rodas a Alejandría, pero erró al calcular mal el ángulo mediante la observación de la estrella Canopus en ambas localizaciones. Esta nueva medición, quedó como oficial durante 15 siglos, aunque muchos estudiosos de la Edad Media seguían utilizando los valores de Eratóstenes. Aluden a ella el “error” de Cristóbal Colón en su primer viaje a las Indias.

 



No hay como pensar mal sobre la historia oficial, como para intuir que estás olfateando una mentira. Y aquí hiede hasta la presunción de inocencia. En esta historia ocurre como con las pirámides egipcias; cuanto más antiguas mejor realizadas y mejores “mediciones sagradas”. Y si no, se retocan, que para eso está la máxima de “QUIEN CONTROLA EL PRESENTE CONTROLA EL PASADO…” Leyes de memoria a la carta y decretos  al gusto del gobernante-marioneta de turno. Esconder, amagar, tergiversar, …adulterar información y dar una versión masticada al uso del profano, al que se le han propiciado unas tragaderas informativas y educativas, a imagen y semejanza de la “SOCIEDAD CONSTRUCTIVA” (aquella que acata las normas impuestas por ley sin cuestionar el sistema para el “interés general”)

Y esto nos lleva a apreciar que la narrativa del experimento realizado por Eratóstenes parece pertenecer al género “bufo”, huele a chamusquina. No así el método,  que a buen seguro ya le vendría resuelto en esa fábrica del saber de la que era el director. Cuenta la leyenda, que el de Cirene, encontró un curioso papiro en ese extenso lugar, en el que se narra como en la ciudad de Siena (actual Asuán, Egipto, cerca del trópico de cáncer, sucedía un hecho curioso cada 21 de junio. Al mediodía de esa fecha, los objetos dejaban de tener sombra. Se podía ver la luz del disco solar entero en el fondo de los pozos de agua… ¿Cómo? Se utiliza una fecha de ritual, como el solsticio de verano, por el cual, mediante la alegoría de la luz (conocimiento) penetra en su totalidad en la oscuridad del pozo y lo ilumina (acceso a la fuente del conocimiento oculto). Utiliza toda una simbología con los elementos para describir que el saber antiguo estaba al alcance de unos pocos elegidos en esa fábrica del saber que fue la Biblioteca de Alejandría; pero a su vez, esa historia queda encriptada por narraciones de autores posteriores siglos después, para goce y disfrute de los de siempre. Aceptar el suceso en clave “bobalicona”, masticada y por decreto científico, por absurdo que parezca.

 

 

Así, la luz del Sol (el conocimiento, el FUEGO de Prometeo robado a los dioses) penetra la TIERRA (caverna, cripta) a través del pozo para llegar al AGUA (vida, curación). Las múltiples leyendas de culturas diferentes que ocultan, y simbolizan de manera ambigua, la muerte y la sanación de los males por medio de historias con pozos iniciáticos dan testimonio de este hecho.

La siguiente sospecha histórica recae en la fecha del 21 de junio. Eratóstenes debería haber utilizado el calendario griego o helénico. Calendario lunisolar como el de los babilonios. Años de 354 días divididos en meses de 29 y 30 días, a los que se le sumaban un mes cada 3, 6, 8, 11, 14, 17 y 19 años; dentro de un “gran año” de 19 años solares. Llamado a partir del siglo V a.C. ciclo metónico o ciclo áureo (¡otra vez!), en un calendario donde se podían prever eclipses con bastante precisión. Otra prueba de cómo nos han simplificado la manera de medir. En este caso el tiempo. No fuera a ser que nos diera por relacionar mejor los espacios-temporales. 

Según estos datos, no del todo seguros (así como la atribución de innumerables trabajos y obras al personaje de Eratóstenes), el experimento debería haberse producido al comienzo del año, ya sea por el calendario egipcio o el heleno. Hablamos de fechas variables según los años. Tampoco sabemos con certeza en que año se produjo. A mi juicio (elucubrador, dicho sea de paso), este experimento nunca fue realizado o dirigido por él. Al menos de la forma que lo narran con posterioridad otros autores.


El sabio heleno mandó medir la distancia entre su Alejandría residente y la “Siena de los pozos con luz vertical”. En otros relatos, encargó a un pastor medir a pie, y en línea recta esa distancia. ¡Hasta 5 veces debería haber cruzado el Gran Nilo el “super-pastor”. Otras historias aluden a otro papiro que contenía referencias sobre la distancia entre Alejandría y Siena. La “redonda” cifra de  5.000 estadios. También cuentan que usó los datos proporcionados por las caravanas que comerciaban entre esas ciudades. Estas dispondrían de “hidro-dromedarios” para atravesar varias veces el río madre de Egipto y tirar siempre en línea recta por muy alto y costoso que fuera el obstáculo. Ironías a parte, se decidió que los 5.000 estadios quedaban bien. ¿Pero qué tipo de estadios? ¿El egipcio (157,5 metros), el ático (177,6 m), o el griego olímpico y romano (185 metros o 1/8 parte de la milla romana como los FURLONG anglosajones, que 8 equivalen a una milla)? ¿Al estadio grande (222, 349 m) o al estadio pítico, el más pequeño (148,59m)?

Tanto vale. Si consultan cualquier referencia oficial no se ponen de acuerdo (mal asunto), pero si estiman que esa distancia era de unos 800 kilómetros. 5.000 estadios de vete a saber cuál valor, da igual. La distancia entre la actual biblioteca de Alejandría y el Obelisco inacabado de Asuán (antigua Siena), para tomar dos puntos de referencia tangibles, es de 843,3 kilómetros. Pero esta distancia no encajaría.

En su experimento debería realizar una medición de la longitud de la sombra en Alejandría al mediodía del solsticio de verano. Se cuenta que utilizó un gnomon para medirla. Hay que añadir que Siena dista 3º más al Este de Alejandría, por lo que no estamos hablando del mismo meridiano, y el trópico de cáncer, donde la sombra debería desaparecer durante el mediodía del solsticio. Actualmente se encuentra a unos 70 kilómetros de la línea del trópico, pero debido al movimiento de precesión del eje del planeta, esa línea se encontraba a escasos minutos de ese lugar hace 2.200 años (la línea se mueve aproximadamente 0,46 segundos por año). Puede que la línea del trópico de cáncer sea el indicativo de que el relato tuviera unos milenios más de antigüedad,… pero eso no entra dentro de la oficialidad.

 

 

Se tienen dudas del método trigonométrico que utilizó, pero el caso es que el arco resultante de la “sombra alejandrina” fue de 1/50 parte de la esfera. Resultado de 7,2º,  escritos siglos después. “7,2” o “7-2”.”72”, ese número que suele aparecer cuando están tratando de colar algún pufo histórico por parte de la oficialidad. No se trata de poner en duda la esfericidad de la Tierra (más o menos), si no de sus cálculos. Con la combinación de 5.000 estadios (800 km), 360º de circunferencia planetaria y 1/50 (7,2º) de la esfera tenemos la redonda cifra de 250.000 estadios (40.000 redondos km). Vamos guardando esas cifras para más adelante.

Esa estela que simboliza el gnomon, marca la sombra encriptada de la cifra y el misterio a adulterar. Como colofón iniciático a la vida del engrandecido Eratóstenes, en biografías muy posteriores a su tiempo, que al quedarse ciego siendo ya un anciano, se apartó de la vida y se dejó morir de inanición. Esto es, al secarse la fuente de conocimiento, dejó de alimentar su espíritu; una manera de decir que puso fin a su personaje trascendente en la historia.

Con estas mediciones “eratostianas” nos vamos a encajar  la oficialidad de las millas náuticas. Esas que dividen los 40.000 km entre 60 grados x 60 minutos x 60 segundos (216.000) resultando los 1851,85185…metros de minuto de arco o milla náutica. Ya coincide esta medida clásica con los 111,111… km de cada grado. El valor de la milla marina fue adoptado en Mónaco en 1929 en la Primera Conferencia Hidrográfica Internacional Extraordinaria. El origen de esta unidad para ser elegida fue que una “milla marina” en la superficie de la tierra es interceptada “aproximadamente” por un minuto de ángulo en el centro del planeta.  Ahora vemos porque daba igual el valor del estadio (que más tarde encajaremos), pusieron el que mejor “pegaba” para los siglos venideros. Recordemos, que no está de más,(…) el que controla el pasado, controlará el futuro. IN SECULA, SECLORUM.

LA HISTORIA DE LA HISTORIA.

 

 

El único verdadero viaje de descubrimiento consiste

no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos.

                                        Marcel Proust. “En busca del tiempo perdido”

Sigamos con la búsqueda del origen de la universalidad de esas medidas. En tiempos del Imperio Romano, ya sea por su vasto territorio conquistado, como por los diferentes lugares y sus costumbres, se “globarizaron” algunas medidas. Herederos de la cultura helénica, adaptaron y universalizaron diferentes medidas de esta y de la egipcia.

Durante varios siglos se utilizaron oficialmente por todo el mediterráneo medidas de longitud del mismo valor como la milla romana (1478,5 metros), la legua (4435,5 metros o 3 millas) o el passus romano (1,4785 metros). Así como el pie romano, descendiente del griego ático (0,296 metros). Para las mediciones urbanas y militares se estableció el “actus vorsus”(24 passus o 120 pies), múltiplos de 3 y 4 y 6, método utilizado en la antigua Mesopotamia.

Curioso es el caso del codo o “cubitus” romano (0,44355 metros) cuyo valor multiplicado por 10.000 sería exacto al de una legua romana . Más curioso es si dividimos la milla romana en metros entre el valor, en metros, también, del cúbito romano: “3.333,333…” codos. Mágica cifra. Doblemos la milla romana. Es el resultado de 2.000 pies (2.967 metros), que dividida por el cúbito-codo ( en metros), nos “luciferina” en “6.666,666…codos” ¡Oh, diablos!  

 

 

Aunque las cifras convertidas sean las antes mostradas, quedarán para la posteridad las redondeces. Será común ver 1.480 metros para la milla “passus” romana (o sea, 1000 passus) siendo el passus 1,4785 metros o 5 pies romanos. La legua se extandarizará en 4.440 metros. Y es aquí cuando se transforman en “endiabladas” conversiones con las millas náuticas o medidas del arco terrestre. Puede que ya se utilizaran de alguna manera.

Las 3 millas o legua (4440 m) dividido por el número de la bestia (666) resulta otro número luciferino: 6,666… La milla romana, con la misma operación resulta en 2,222… y es cuando conecta con la media milla en metros, 740, y se crea un temporal.

½ milla / 666 resulta en 1,111… Las 100 ½ millas nos llevarían a 74.000 metros y su satánica división por 666 equivale a 111,111… un grado de arco o 60 millas náuticas.

 

 

Otra relación es el equivalente a un estadio romano u olímpico. Eso es, 625 pies (625 x 0,296 metros) o 185 metros. 10 estadios romanos tiene una equivalencia muy parecida a una a milla náutica. 1.850 metros versus 1851,851851851…metros. Si el valor de la milla náutica lo dividimos entre los 625 pies que forma el estadio, nos resulta una constante de 0,296296-296-296

También, los 600 estadios equivaldrían a un grado de arco redondeado. 111.000 metros o 111 kilómetros. Se deducen las conexiones “mágicas” entre millas, leguas, estadios y pies que utilizaban los romanos.

Tras este endemoniado baile de cifras, centrémonos en quiénes podían hacer uso de esas distancias y como llegaron hasta ellas.

Hasta los romanos, se atisban las grandes unidades de longitud en poder de los sacerdotes-matemáticos para el uso y disfrute de los gobernantes y sus élites aristocráticas. Puedo estar equivocado, pero a partir de la civilización romana y su extensa red de carreteras y rutas marítimas, pasaron a homogeneizarse y conocerse estos valores. Pero sus posibles usos “mágicos”, no.

La milla romana de 1.000 pasos de 5 pies (esto es, 1.480 metros), tuvo un uso continuado en las navegaciones marinas en el entorno mediterráneo. La falta de homogeneidad del arco terrestre (o eso es lo que nos han querido hacer ver) y debido a la falta de instrumentos adecuados para medir la velocidad de las naves, hizo que se continuara utilizando esas antiguas medidas “homologables”.

Claudio Ptolomeo. El cornuto de su mano derecha sujetando el instrumento de medición, en posición de cruz invertida, y la mano izquierda señalando a una trinidad de estrellas, siembran la sombra de la sospecha a ojos del artista. Grabado del siglo XVI.

 

Un hecho detectable es el uso en todas las cartas portulanas de las medidas itinerantes en unidades de 50 millas romanas (74.000 metros) y fraccionadas en 5 partes de 10 millas (14.800 metros). Esto, según el autor español y capitán de navío, Ricardo Cerezo Martínez, “induce a relacionar con el método de 50 millas del grado terrestre de 400 estadios calculado por Posidonio y aceptado por Marino de Tiro y Claudio Ptolomeo”, el creador este último del sistema ptolemaico o geocéntrico del universo, allá por el siglo II d.C. Extrañamente, Ptolomeo utilizó los valores “erróneos” de Posidonio y aceptados por el de Tiro, no así las del maestro del segundo, Eratóstenes. ¿Raro, no? Si tenemos en cuenta que la obra “Geografía”(Claudio Ptolomeo) fue redescubierta hacia 1.300, no.

Se fueron filtrando mapas y escritos atribuidos a esa obra desde Bizancio hasta Italia, donde la reconstruyeron, y quien sabe, si manipularon. Hasta su fecha de edición, 1474, casi 1.200 años después, dan para tergiversar mucho. ¿Por qué? Quizá una manera de esconder esas distancias y su manera de interpretarlas.. Recordemos quienes tenían acceso a esos mapas y escritos. Todos, absolutamente todos los manuscritos originales de estos eruditos se perdieron. El “fuego purificador” de los bárbaros y cazurros invasores de distinta ralea, dieron buena cuenta de las grandes bibliotecas del mundo. Excusa que sigue ahí como visión inalterable a ojos y oídos de historiadores “mermados” de sentidos.

 

 

 

Sería como si dos partes en conflicto bélico, al terminar este con la invasión de una parte, esta destruyera la tecnología y las patentes que le sirvieron a la otra para defenderse o atacarle. Todo ello por ir en contra del sagrado nombre de Allah, Jehová o el Cristo de los Desamparados. Totalmente absurdo, ¿verdad?. Esto se llamaría conseguir secretos por “derecho de conquista”. Y en eso, el Imperio Romano, fue todo un especialista. Que se lo digan a Julio César, que a través de la compra o cese de “rutas secretas” de navegación por parte de un acaudalado fenicio de Gades, Cornelio Balbo, puso en manos de la élite romana vías hacia las Islas Canarias y diferentes puntos del Atlántico, así como la circunvalación de las costas africanas hacia el siglo VI a. de C. realizadas por el pueblo fenicio. Balbo, fue el primer no nacido en la península Itálica en ocupar los más altos puestos en la República de Roma. ¿No pensarían que la meritocracia era una cosa del pasado?

Como decía, las cartas portulanas conservadas más antiguas, como la de Pisana (1311) y las de Petrus Visconte (1313) aún conservan la medida de 50 millas por grado. La navegación durante ese siglo XIV por las grandes extensiones de mar atlánticas, hicieron que esas distancias no se correspondieran a las distancias geográficas reales (o al menos oficialmente así parece ser). Se adoptó entonces la medida de la milla árabe elaborada en tiempos del califa Al-Mamún y que correspondían a un grado de arco, también (posteriormente analizaremos esta medición junto a otras con símbolos comunes). Se adaptaron erróneamente a las millas romanas las 56 2/3 o 56,666 millas. Serían estas casi 84 kilómetros por grado. Se utilizaron estos valores durante casi un siglo a partir de 1327, como por ejemplo, el conocido “Atlas catalán” de Abraham Cresques de 1375. Se cree que en estos portulanos se utilizaba la proporción 18/17 en las líneas trazadas para convertir lo curvo de la esfera en lo plano del mapa.

Atlas Catalán de Abraham Cresques. 1375

La conquista portuguesa de Ceuta en 1415 hizo establecer a partir de ahí, unas extensas rutas de navegación que “reconsideraron” una nueva medida del grado terrestre en 66,666 millas, resultado de la medición de 3 grados, entre el Cabo de San Vicente y la isla Berlinga Mayor. De esas “atribuidas” 200 millas a los 3 grados, ensancharon el grado de arco a  98,66 kilómetros. En España y Portugal, durante el siglo XIV se utilizaban ya la legua de 4 millas para la navegación y legua de 3 millas para itinerarios en tierra. Esa apunta a ser la causa del “error” atribuido a Colón. Él mismo reconoce en su “Diario” el uso de las 4 millas de 1.000 pasos por legua y el grado por meridiano de 56,666 millas. ¿Error? No lo creo. Más bien parece un encriptado de las cartas de navegación para salvaguardar el secreto de las nuevas rutas y sus verdaderas distancias.

El secreto de las rutas de navegación fue un valor fundamental a lo largo de las civilizaciones de la antigüedad. Los fenicios, se cree, exploraron tierras costeras africanas y del Índico. Era parte de su riqueza comercial. El geógrafo hispanorromano, Pomponio Melo, comentó en el siglo I de nuestra era las “Tierras templadas” de las regiones africanas del sur, “presuntamente” desconocidas en la época. Describe lugares que posteriormente se atribuyeron a las islas de Cabo Verde y las Canarias, e incluso a algunas costas orientales de América del Sur. Relata sobre los “antichtonos”(Antípodas) o habitantes desconocidos del hemisferio austral. Como otros autores de tratados en geografía de la antigüedad, habla de la esfericidad de la Tierra, pero sin comprender demasiado su geografía. Sí, sí. Está bien expresado. Geógrafos que han escrito tratados de geografía y cartografiado el mundo conocido, pero sin entenderlo. Curioso. ¿Sabría Marco Vitruvio, arquitecto e ingeniero de Julio César en sus campañas, para qué demonios servían esos pilotes que diseñaba en sus puentes para salvar los obstáculos naturales como ríos y barrancos en la construcción de carreteras? La respuesta parece tonta, pero parece que quieran hacérselo a personajes como Estrabón, Claudio Ptolomeo o Al-Idrisi.

 

 

De situ orbis”, la obra de Pomponio Melo se perdió, ya es mala suerte. El ejemplar más antiguo data de 1471, en Milán. De la vida de este geógrafo de Tingetera (Algeciras), poco se supo. Tampoco debía convenir. Recordar que 3 años después, (1474), apareció editada en latín el “Geographia” de Claudio Ptolomeo y entre los años 1480-83, se editó el best-seller geográfico de la época, “IMAGO MUNDI”, en esos albores del Renacimiento y, próximos a la fecha establecida para datar el comienzo de la Edad Moderna, el “descubrimiento” de América por un personaje enigmático una década después.

Por tanto, vino muy bien esa publicación del  Imago Mundi y su “amplia divulgación” entre las universidades europeas del crucial momento. Elaborado en 1410, por un prolífico teólogo, en pleno Cisma de Occidente de la Iglesia (1378-1417). Conflicto que en resumidas cuentas, no es otra cosa que una lucha por el poder eclesiástico de las nobles familias europeas que dominaban el comercio y la incipiente banca. Siendo los clanes de un lado los Orsini, Colonna, Vico, Caetani, entre otros, y los Valois, Trastámara, ejemplo del segundo. Y es aquí donde entra el autor del tratado geográfico, Pierre D’Ailly (1351-1420), reputado teólogo francés. Mediador en los concilios de Pisa (1409) y Constanza (1414-18). Al posicionarse de una parte fue nombrado cardenal de Cambrai, capellán real y “almoner” (miembro adscrito a la casa Real de Francia). Favores pagados por parte de un antipapa, Juan XXIII, no precisamente un adalid del puritanismo. Como astrólogo “pronosticó” que el cisma de la iglesia era un símbolo de la venida del anticristo. En la publicación titulada “18 de Brumario de Luis Bonaparte”, Karl Marx pone en boca de Pierre d’Ailly una respuesta hacia los defensores de la reforma de la ética durante el Concilio de Constanza: “Sólo el diablo en persona puede salvar a la Iglesia Católica, y pides ángeles”

El tenebroso Cardenal

Tras estos comentarios alusorios a la “bestia”, se puede comprender mejor la teoría de la simetría de los continentes que expuesta en su obra “Imagen del mundo (Imago mundi)”. Planteó una imagen inversa (o reflejada) de los continentes. Al oeste, Europa, al norte, y África al sur; al este, reflejados, Asia, al norte  y un continente desconocido al sur. Puede verse como una dicotomía de lado bueno, lado malo; occidente, cristiano, oriente, musulmán, y otras religiones paganas. Recordar que esta obra fue realizada en pleno cisma de concilios de la iglesia, de los que era ponente su autor. Otro personaje al que se le suponen días de 50 horas y varias vidas para escribir tanto, tan diverso, y, lo más importante, tan influyente en la historia futura. Al menos su edición y divulgación en esos precisos años. Los huecos oportunos de la historia. Un dato apenas insignificante (je, je), un libro sobre la historia de los jesuitas, tiene también ese título. “Imago mundi”.

Es aquí cuando entra “nuestro” Colón, que se hizo con un ejemplar de este citado libro en 1483. Recién salido del horno impresor, del que se posee un ejemplar con 898 anotaciones manuscritas del navegante “genovés” en sus páginas.

 

 

Y esa visión-imagen-espejo del mundo expuesta por el teólogo D’Ailly, y servidor de la curia en sus más altas cotas, coincide en tiempo con una bula papal de Sixto IV (Francesco Della Rovere, de los Della Rovere de toda la vida, como el posterior Julio II) que repartió las “nuevas tierras” (y sus gentes) del Atlántico entre Castilla y Portugal. La ATERNI REGIS CLEMENTIA (21-6-1481), en solsticio de verano, como buenos “creyentes”. El fundador oficial de la Biblioteca Vaticana, en 1475, a través de la bula Ad decorem militantis Ecclesiae (La belleza de la Iglesia militante)  por cierto.

Vamos viendo la intención de la institución eclesiástica en promover esas “distancias erróneas” y confusas de medición de la Tierra, cuando hemos visto que ya existía una relación entre las medidas contemporáneas y las antiguas romanas. Así como mediciones bastante certeras.

Las sirenas cantando a Alonso Sánchez de Huelva, que porta su “rollo” en la mano

Existe una leyenda sobre como Colón pudo hacerse con un mapa de navegación con las “Tierras del Oeste” del otro lado del Atlántico. La leyenda del “prenauta” Alonso Sánchez de Huelva, navegante castellano, que en esa pugna con Portugal por las islas atlánticas y la costa africana, donde también “recolectaban” seres humanos. El prenauta, llegaría a las playas de Cabo Verde, enfermo y moribundo, donde residía en aquellos momentos el ávido y joven Cristóbal. Este navegante le fue relatando con todo tipo de detalle (alegoría de iniciación) un viaje a la deriva de su barco y tripulación a las costas lejanas del Oeste (pruebas iniciáticas hacia el ocaso, occidente). Allí tuvieron la oportunidad de descubrir un mundo paradisíaco, donde convivieron con las gentes autóctonas, que se caracterizaban por tener unos rasgos diferentes a los europeos y africanos. Coincide aquí la datación de la leyenda, en tiempo, con la publicación impresa de “De Situ Orbis”, en 1471, y algunas de las descripciones narradas por Pomponio Mela, de otras civilizaciones de las que desconocía, pero había leído sobre ellas (mezclar el mito con la realidad). Le describió el prenauta, también, que entraron en contacto con unas gentes “barbudos” y de aspecto europeo. Estos poseían minas de oro (culminación del conocimiento). Les pudo la avaricia y el pecado, y todo explicado a grandes rasgos, y de manera simbólica, se apoderaron de parte de ese oro (arrebatan ese conocimiento a los dioses, como el fuego de Prometeo), también se sintieron atraídos por las féminas de ese paraíso, que vestían bastante más ligeras de ropa que en las costumbres cristianas. No pudieron evitar la tentación de yacer con ellas. A causa de este motivo contrajeron una grave enfermedad venérea (mito de Ulises y las Sirenas). Van enfermando gravemente y ante la falta de remedios deciden volver a su tierra para morir (vuelta a oriente, regreso al camino de la luz). Sólo consigue sobrevivir uno, el tal Alonso Sánchez, que enfermo y al borde de la muerte, cuenta todo el secreto de su increíble viaje a un curioso Colón, que anota con gran celo todas esas historias del prenauta (transmisión de grandes conocimientos al ya iniciado).

Toda esta leyenda del protonauta o prenauta, según casi todos los investigadores, parece estar “alterada” para darle un sentido y unos apoyos a ese “constructo” alrededor de la figura de Cristóbal Colón. De nuevo, se instalan unos cuantos velos en forma de leyenda para apuntalar el mito. Esos mapas y medidas, que eran auténticos “secretos de Estado”. Esas cartas de navegación que parecían venir del pasado.

 

 

Como muestra de la veracidad del asunto, se revela en la obra “Apologética Historia” (1566) de fray Bartolomé de las Casas que: “Cuando el Almirante determinó buscar un príncipe cristiano que lo ayudase e hiciese espaldas, ya él tenía certidumbre que habría descubrir tierras y gentes en ellas, como si en ellas personalmente hubiera estado; de lo cual cierto yo no dudo”. Parece que al dominico no se la colaban con facilidad. Por tanto, Colón no fue a Portugal por casualidad. Allí la Orden de Cristo, había sido heredera de muchos secretos templarios que tenían que ver con los viajes de estos a “tierras desconocidas” para la mayor parte del mundo.

PiCOLOMini y su Cosmographia, antes de ser PIO II

 

Esta hipótesis lleva a otro apuntalamiento de la “leyenda Colón”. Se hizo con otro libro legendario de la época y tomándolo como libro de cabecera, también (sus más de 800 anotaciones  así lo atestiguan). El “Historia rerum ubique gestrumque descriptio”, también conocido como “Cosmographia” (1458). En esta obra se narran infinidad de informaciones sobre lugares y gentes extraordinarias. Ahí se relata la llegada de “indios” a la Alemania del siglo XII (época de templarios) por rutas provenientes del Atlántico y la existencia de Amazonas. Ese recopilador de historias fantásticas fue el futuro papa Pío II, Eneas Silvio Piccolomini (un destacado estudio historiográfico lo sitúa como tío de este misterioso navegante -picCOLOMini-). Volvemos a tener otro “inductor” de geografía fantástica en la más alta curia vaticana.

Las investigaciones, en su mayoría, otorgan a Colón un pasado sin formación académica. Citándolo siempre como autoiniciado. “No era docto, pero si bien entendido y (…) informose de hombres leídos sobre lo que decían los antiguos acerca de otras tierras y mundos”. Escribió López de Gómara sobre él. A diferencia de lo narrado por su hijo Hernando del que dice que cursó estudios en Pavía (entre Génova y Milán).

 

 

Se le atribuyeron al navegante Colón unos errores garrafales en sus cartas y diarios de navegación que son impropios de alguien que cruzó y, lo más importante, regresó  a la península cuatro veces (al menos que sepamos) desde el otro lado del Atlántico. Errores de cálculo de latitud del doble de grados reales. Confundir las Canarias con las islas Azores. Y lo más curioso, contar bastantes leguas de menos todos los días con la excusa de no desmoralizar a la tripulación.

Relacionando todos los datos expuestos llega uno a la conclusión de que Cristóbal Colón no tenía la más mínima intención de dar a conocer, de una manera certera, el destino que estaba marcando con falsos datos.

Martín Alonso Pinzón, asomado a la ventana del olvido

Aquí es donde entra la figura de Martín Alonso Pinzón, reputado navegante de Palos de la Frontera, Huelva (1441-1493). Este sí, era reconocido por su valía en los mares por todos los investigadores oficiales. Se recoge la “anécdota” que a este marino le es entregada una “carta vaticana” que pertenecía a la biblioteca del mismísimo papa Inocencio VIII (el autor del “alias” de “Católicos” a los reyes de Castilla y Aragón) y de la que se hizo con una copia por el bibliotecario de este. Decía así:

Navegarás por el mar Mediterráneo fasta el fyn de España, e de allí al poniente del sol, entre el norte e el mediodía, por vía temperada, fasta noventa e cinco grados de camino, y hallarás una tierra de Sypanso, la qual es tan fértil e abondosa que con la su grandeza sojudgará a Africa e a Uropa.

La atribuyen a los tiempos de Salomón (cosa poco probable). Al menos encara hacia un tiempo bastante pretérito como venimos deduciendo hasta ahora. Observemos una cosa. El papa Inocencio VIII tiene como epitafio en su monumento funerario lo siguiente:

 

 

“NOVI ORBIS SUO AEVO INVENTI GLORIA” (Suya es la gloria del descubrimiento del Nuevo Mundo). Y la fecha de la muerte 1493, cuando históricamente murió días antes del comienzo del viaje de Colón. Extraña contradicción. La carta parece “probada” por múltiples fuentes y testigos contemporáneos, así como también por el Fiscal Real en las Probanzas de los Pleitos Colombinos, en 1515, o por el ya mencionado Bartolomé de las Casas en su “Historia de las Indias”.

Parecía muy interesada la curia papal en “empujar” a la empresa de Colón y Pinzón hacia un “Nuevo Mundo” del que acceder a riquezas ya conocidas. Más si cabe, teniendo en cuenta que son los franciscanos del convento de Palos de Moguer los que ponen en contacto a ambos marinos. Colón manejaba información parecida, destacando documentos de la Orden del Temple copiados en Tierra Santa e incluso papiros egipcios.

 

 

Pinzón fue codescubridor del Nuevo Mundo y, al parecer, marinero más experto a ojos oficiales. Puso de su cuenta 500.000 maravedíes en dicha empresa. Fue el primero en regresar a la península. Llegando a Bayona (Galicia) dos semanas antes. Allí mandó varias cartas a las Cortes hispánicas de los descubrimientos acaecidos. Su intención era reunirse con los reyes, que andaban en Barcelona. No pudo ser, debido a la enfermedad venérea adquirida por este en tierras paradisíacas (sífilis) acabó con su vida el 21 de marzo (equinoccio de primavera) de 1493. De esta manera toda la gloria se la llevaría Cristóbal Colón. Ahora sí, se puede ver una similitud entre la leyenda del “prenauta” ALONSO Sánchez de HUELVA y Martín ALONSO Pinzón, natural de Palos (HUELVA). Los dos personajes (“los Alonsos”) adquieren un conocimiento “revelado”. Uno en su viaje exótico y el otro en la biblioteca papal. Ambos portaban un saber. Los dos cayeron rendidos a “los cantos de sirenas” que les provocaron la muerte. Estos revelaron su secreto antes de morir. El Alonso del “constructo Colón” se lo pasó al genovés. El Alonso al que confiaron el mapa y, posiblemente secretos de las “distancias mágicas”, trató de ponerse en contacto con los Reyes Católicos antes de su muerte, pero fue el “constructo”, Colón, el que transmitió oficialmente el hallazgo de esas rutas “nuevas”. Su conveniente muerte acabó con esa información “prestada” en manos, otra vez, de sus guardianes.

Ante tanta tergiversación de historias, mapas y personajes hay que ir “apuntando” a los más que posibles responsables de las manipulaciones a casas reales y al Papado o Vaticano. Poseedores de los grandes archivos históricos, unos propios y otros conseguidos por el método de la sustracción ordinaria. Muchos de ellos se “perdieron” en los “fuegos accidentales” de bibliotecas legendarias. ¿Por qué y para qué? Sigamos investigando.

La “trampa solar” del mago Toscanelli

Siguiendo al “constructo Colón” abordaremos en esta historia la introducción del personaje de Paolo del Pozzo Toscanelli (1397-1482), reputado matemático, astrónomo y, como no, cosmógrafo florentino. Sus conocimientos en matemáticas fueron aplicados para la construcción de la cúpula de la catedral Santa Maria del Fiore (Florencia). Toscanelli colocó el más alto GNOMON conocido en la época en esa enorme cúpula. Un objeto de 4 cm en la ventana sur de la cúpula de Brunelleschi a 90 metros del suelo. Calculando de manera muy precisa para ser utilizada como instrumento de medición del año solar. Los cálculos llevados por el viejo Toscanelli con su “agujero gnómico” permitieron corregir las Tablas Alfonsinas y Toledanas, que fueron las medidas oficiales astronómicas hasta ese momento. La “trampa solar” del gnomon ‘inverso’, atrapa el disco solar grabado en el suelo de la catedral durante el solsticio de verano, al mediodía, como el cálculo de Eratóstenes…

No obstante, el apodado “novello Tolomeo” (nuevo Ptolomeo) en su época, curiosamente dio por buenas las medidas de Posidonio, igual que Claudio Ptolomeo. Por tanto, dominando a la perfección los medidores astronómicos (cómo utilizó, con errores, Posidonio) y utilizando la técnica del gnomon (como “utilizó”, con errores también, Eratóstenes), con uno gigantesco y más preciso, tuvo el “error mayúsculo” de utilizar medidas tan alejadas y equivocadas como las descripciones del libro Geographia de Ptolomeo. Incomprensible en alguien de su conocimiento.

Recreación del “supuesto” mapa de Toscanelli

A Toscanelli se le atribuye una carta al rey Alfonso V de Portugal, como respuesta a sus intereses sobre los aspectos geográficos de la navegación a la India. En esa carta adjuntaba un mapa del Océano Atlántico con la isla de Cypango (Japón) y las Antillas Atlánticas antes de esa exótica tierra, al otro lado de Europa, que permitía un viaje por mar hacia occidente. El contacto se produjo a través del clérigo y médico portugués Fernaõ Martins y el conocido de ambos, el cardenal alemán, Nicolás de Cusa. Las cartas no son al rey portugués, son remitidas por Toscanelli, supuestamente, al clérigo portugués. Digo supuestamente porque esas cartas fueron manuscritas y copiadas por Cristóbal Colón en su copia del libro “Rerum Ubique” de Pío II y su dudosa autenticidad. Ni rastro, eso sí que no, de las “famosas cartas” del astrónomo Toscanelli al navegante genovés. Sólo se admite verdadera, a día de hoy y generalmente, la carta del “novello Tolomeo” y el canónigo Martins, pero se rechazan sus cartas a Colón. (¿Cómo?) La larga mano del Vaticano  y la admisión de las cartas como válidas por parte de los “colombistas” del siglo XIX aumentaron el “constructo colombino”

La biografía de Colón fue escrita por su hijo Hernando decenios después de la muerte de su padre, entre 1536-39. “Historia del Almirante”. Hernando murió al término de esta. Las memorias no fueron publicadas hasta 1571, en la Serenísima República de Venecia. Un personaje singular, también. Su archivo y su amplísima biblioteca fue un trabajo de treinta años que le llevó por toda Europa en busca de los mejores documentos para la investigación y el estudio universal (¡vaya, olemus filántropus!). Es un tanto curioso como el hijo del “tergiversador documental” Colón se hiciera con unos 15 o 20.000 libros. Y no sólo eso. Los resumió y catalogó (¡20.000 libracos!) en un catálogo llamado “Libro de Epítomes (resúmenes)”. Desapareció hacia finales del siglo XVIII y ha sido encontrado en fechas muy recientes. Una muestra de lo que fue la biblioteca privada más importante de la época. Hernando o Fernando Colón fue uno de los miembros más importantes de la corte del emperador Carlos V. Parte de esos libros fueron heredados de su padre, el Almirante. La custodia de tamaña biblioteca pasó a manos del Cabildo de la Catedral de Sevilla, al igual que la Biblioteca Capitular, que ya albergaba parte de la biblioteca de Alfonso X, el Sabio.

 

 

Los libros acumulados por el hijo de Colón formarán parte de la futura, y todavía existente, ‘Biblioteca Colombina’ sita en Sevilla, también. ¿Adivinan cuál ha sido el destino de la mayoría de libros de Hernando Colón a lo largo de los siglos posteriores? No. En este caso no fue el fuego purificador el que diera buena cuenta de estos comprometidos (algunos) libros, sino la “extraviación” de estas obras custodiadas por la institución de la iglesia católica. Debe ser que el tiempo es lo que tiene…, que aparezca el catálogo original de la biblioteca más importante de Castilla en una universidad de Copenhague es lo más normal del mundo. Cosas del tiempo, de la historia… y de sus gestores.

 

 

Curiosamente  se conserva el poco conocido “Libro de las Profecías”, atribuido al navegante genovés realizado con la ayuda de fray Gaspar de Gorricio (lo que se llama habitualmente “el negro, para que nos vamos a engañar) en 1504, en la que poco más o menos que engrandece su magma figura hasta considerase el divino elegido cruzado, evangelizador de indígenas, y que habría de conseguir las riquezas traídas de las nuevas tierras para la conquista de Tierra Santa por la Cristiandad. No en vano, en la firma que se le atribuye se hace llamar “Cristo Ferens” (algo así como el que lleva hacia Cristo). Con toda seguridad podemos afirmar que aquí se les fue un poco la mano en el engrandecimiento del personaje. También faltan unas 14 hojas del libro, quién sabe si arrancadas por la vergüenza ajena, en este caso. Eso sí, la firma es de lo más curiosa.

La carta y el mapamundi adjunto del viejo Toscanelli tuvieron el mismo destino que la mayoría de los libros de Colón. La descripción que de él le narraba el astrónomo florentino a su interlocutor era de cuadrantes de 250 millas italianas (1.480 metros). 26 cuadrantes de distancia entre Lisboa y la ciudad de Quinsay. Esas 250 millas romanas resultan 370.000 metros, partidos por la “unidad” 666 nos lleva a 555,555… Las leguas calculadas por Colón, desde las Canarias hasta la isla de Cypango (Japón) fue de 750 leguas marinas (o de 4 millas). Esto son 3.000 millas romanas equivalentes a 4.400 km (o 1.000 leguas terrestres) divididos entre esa unidad luciferina ‘666’ refleja 6,666…

 

 

¿Pudo ser el “constructo Colón” una connivencia entre la curia papal de Roma y las casas reales para abrir la “vía” del “Mare Tenebrosum”, para occidente, “Bahr al-Zulumat”, para el mundo árabe, hacia una apertura de algún tipo?. El nombre de ‘las Tinieblas’ y el punto más austral del ‘Cabo del Miedo’ (actual cabo Bojador, Sahara Occidental) de la costa “conocida” africana, junto con leyendas temibles cargadas de muerte y criaturas monstruosas, hicieron de muralla para cualquier tipo de empresa profana que se aventurara a atravesar los confines de los “mares conocidos”. También se le conoció por “al Bahr al-Atlasi  (el Mar de las Montañas Atlas, de ahí el nombre de Atántico)”. El geógrafo árabe Al-Idrisi escribió allá por el siglo XII: “Nadie sabe lo que hay tras ese mar, ni puede averiguarse, por las dificultades que oponen a la navegación sus profundas tinieblas, la altura de las olas, los innumerables monstruos que lo pueblan y la violencia de sus vientos”.

Los más que posibles contactos con ese continente desconocido por casi todas las civilizaciones, al menos por conocimiento de sus élites, anteriores en occidente, dejan entrever que hubo una “orden” o “acuerdo” para iluminar el “Nuevo Mundo” a partir de la segunda mitad del siglo XV. Coincide con la caída del antiguo imperio Bizantino y el ‘Renacimiento’ europeo impulsado desde Roma. “Renovación” del Imperio, pero dominado por los mismos. Se puede intuir que esa apertura de “luz” y dejar de lado la “oscuridad” tuvieron unos intereses que para nada son los que nos han llegado hasta nuestros días. Como hemos visto, desde los tiempos de los fenicios, sus élites en concreto, pasando por los templarios y expediciones impulsadas en la época de los califatos árabes, entre los siglos IX y XII, hubo un claro control de las “rutas desconocidas”.

 

 

La aparición impresa de todos los mapamundis y tratados de geografía cargados de fantasía y de… errores forzados. Esos errores que llevaron a “rectificar” a Posidonio sus cálculos del perímetro de la Tierra a 180.000 estadios, que trasladados a los estadios “auténticos” de 1/10 de la milla náutica (185,185185…metros) resultarían en 33.333,333…kilómetros de circunferencia del globo. Esos códigos que dejaron para la posteridad como la carta de Colón a los Reyes Católicos, en marzo de 1493, donde este les explicaba su maravilloso viaje de “33” días por el Océano hasta las Indias. En realidad los monarcas españoles ya habían iniciado los trámites legales con la autoridad pertinente sobre la explotación de esas “nuevas tierras” (y sus gentes, importante). Y esa autoridad máxima que lo gestionaba no era otra que el Papa. Estos ya habían sido alertados unas semanas antes por el “agente” al que le fue suministrado el “supuesto” auténtico mapa con sus instrucciones y medidas; aquel que durante el “constructo Colón” fue apartado de la gloria para otorgársela al misterioso almirante sin rostro, ya que no fue captado por ningún retratista de la época (curioso, curioso). Ese personaje no era otro sino el pretendido “prenauta” de la historia “no-oficial”, pero oficiosa. Ese al que encomendaron dar a conocer la ruta hacia el Nuevo Mundo, pero enmascarándola a ojos profanos de las auténticas medidas. Abrirse paso por el Mar de las Tinieblas, pero con la suficiente bruma para que el “Novus Mundus” siguiera un tiempo más sólo al alcance de los poseedores de la bula papal.

Esos 33.333 1/3 kilómetros ocultos dentro del “error oficial” parecen vislumbrar un velo que tapaba ese resto de perímetro planetario de los 40.000 kilómetros oficiales y que, al parecer, ya manejaban de sobra. Y es que ese resto es de 6.666 2/3. Velos de la historia. Velos luciferinos. Sigamos investigando.

…continuará en “Las medidas unviversales de Lucifer” (2)

 

 

 

3 comentarios sobre “Las medidas universales de Lucifer (1)

  1. Buenos días, de nuevo…
    Muy interesante este artículo…

    Permítame preguntar… y todo esto del 666 y las mediciones de los arcos terrestres y su falseamiento ¿ qué relación pueden tener con el grupo de Bilderberg, el nuevo orden mundial y la globalización ?
    Evidentemente en su mano está responder y entablar una comunicación… o borrarme de sus contactos
    Gracias
    Un saludo

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