EL SACRIFICIO DE LA HUMANIDAD 2.0 (parte I)


Escrito por el puntal de Dios

¿QUIÉNES DAN DE COMER A LOS DIOSES?


(…)Otros forman de mimbres entretejidos ídolos colosales
cuyos huecos llenan de hombres vivos, y pegando fuego a los mimbres
rodeados ellos de las llamas rinden el alma.
                         “La Guerra de las Galias” Caius Julius Caesar (s. I a. C)


Somos alimento de los dioses“. Esta chocante afirmación la podemos corroborar en diferentes pasajes de diversos libros sagrados de religiones a lo largo de la historia de la humanidad. Al menos, eso nos cuentan “los escribas” encargados de transcribir los dogmas de fe de estas supuestas entidades. En ellas se narran, también, los curiosos caprichos degustativos de estas “paternales” figuras. La lógica racional nos lleva a pensar que los sacerdotes, chamanes, magos-hechiceros y otros administradores de estos cultos-religiones, recurrían a la puesta en escena de diferentes “performances” lo suficientemente impactantes para influir temor a ojos del pueblo. No sólo para el que lo ve, sino para el que escuche el relato de la misma. 


Estos ritos normalmente eran llevados a cabo para “expiar los pecados”  de un pueblo, o parte del mismo, a través de algún animal, varios, cientos, o miles de cabezas de ganado, dependiendo del “apetito divino” del momento. Los sacrificios se realizaban con la ofrenda viva, dándoles muerte en lugar visible y acondicionado para la ocasión, intentando proyectar sobre el espectador, atemorizado o excitado, un pensamiento de supervivencia temerosa hacia ese dios o dioses. la sangre esparcida sobre el escenario es un buen activador para estimular la donación de ofrendas de ganado, alimentos y materiales preciosos a la “casta sacerdotal” de turno.


Ellos serán los encargados de ofrecer “las partes favorables” para el dios o dioses en cuestión y quedarse con “las partes correspondientes” que son distribuidas entre los diversos gestores de la religión profesada. Que se lo digan a la casta de los Levitas, allá por el Éxodo de aquel pueblo errante en busca de la Tierra Prometida, sino. Los hijos de Aaron, hermanísimo de Moisés, fueron un claro ejemplo de aquel dicho “el que parte y reparte, llévese la mejor parte”. Amén.

Los “levitas” examinando el botín

–“Y traerás a Jehová la ofrenda que se hará de estas cosas, y las presentarás al sacerdote, el cual la llevará al altar. Y tomará el sacerdote de aquella ofrenda lo que sea para su memorial, y lo hará arder sobre el altar; ofrenda encendida de olor grato a Jehová. Y LO QUE RESTA DE LA OFRENDA SERÁ DE AARON Y DE SUS HIJOS; es cosa santísima de las ofrendas que se quemarán para Jehová”.          
                                                      Levítico 2: 2-16

En román paladino, (el cual suele hablar su vecino), da a entender en esa parte y otras del libro tercero del Pentateuco, que la parte menos aprovechable de la ofrenda, ya sean vísceras, sangre y otros despojos, serían “churruscadas” en olor del Dios; y de puertas para adentro del Tabernáculo, al cual sólo tenían acceso los sacerdotes, daban buena cuenta del “chichamen” del bicho o bichos en cuestión. Hemos escogido este pasaje de este libro no por animadversión, ni mucho menos, sino por ser el compartido por algunas de las religiones más populares a lo largo de la historia. Su aplicación no dista mucho del funcionamiento de la mayoría de cultos. Vamos, el diezmo de toda la vida, pero con escenas gore. Con el tiempo estas prácticas han ido actualizándose en función del tipo de ofrenda “más adaptable a las circunstancias del momento”, dios mediante, eso sí, del “buen criterio” de las castas sacerdotales.

Hasta ahí, comprensible. Pero, ¿y cuándo el dios, o dioses, pide sangre y sacrificos humanos a través de los mensajes “interpretados” por esos sacerdotes?¿Se les iba la mano, tal vez, en sus pretensiones intimidatorias hacia sus feligreses?¿O…había algo más?
El hombre es el gran engañado del Cosmos“, como bien señalaba el gran Juan García Atienza en su ensayo de 1981 “La gran manipulación cósmica”. Y ese engaño es producido por el miedo a ser devorado por lo desconocido; por esas imágenes proyectadas en los altares salpicados de sangre, o a través de las narraciones mitológicas que actúan de complemento sobre la mente de los hombres, quienes ven a esas entidades o entidad superiores como un protector etéreo y una especie de figura paternal represora. Este “producto” (llamémosle así) era vendido de alguna manera por la casta sacerdotal al pueblo como un ritual que aseguraba la renovación de la vida; ya sea vegetal, del ganado o para asegurar la fertilidad de su familia y garantizar la supervivencia. Ceremonias y rituales de año nuevo, generalmente en primavera, como el ritual de Akitu, en Mesopotamia, el Purili, de los Hititas, narrando su mito de la Creación con una puesta en escena de lucha de Teshub, dios de la tormenta, y Illuyanka, una serpiente gigantesca o dragón; matándola el primero por medio de una tormenta de rayos y lluvia torrencial.

Teshub da muerte al dragón Illuyanka. Leyenda Hitita

Estos relatos parecen unas de las más antiguas referencias al mito de la renovación vital y a la fuerza del poder divino. El mito regenerador o sus rituales pueden explicarse desde un punto de vista antropológico de las sociedades tribales y su creencia en una mágico-religión que garantice los recursos para la vida. Diferente sería, creo yo, la idea de utilización de los elementos extraordinarios para la creación de mitos o rituales. La tierra, el agua, el viento/aire son proporcionados por la misma naturaleza. Insuflan vida de por sí, en conjunto con más organismos y entre ellos. No así el fuego. Necesita de una técnica previamente enseñada o de unas circunstancias naturales especiales, como el impacto de un rayo en un árbol, por ejemplo; de ahí su rol con las encarnaciones de los dioses del trueno, del rayo o de las tormentas. Una fuerza primitiva de conocimiento ancestral relacionada con el fuego. 


En la historia de la historia, la que no se ve a simple vista, intentaremos subirles las telas a estos relatos relacionándolos entre sí, para ver qué o quién/quiénes puede haber detrás de todos estos chispazos de fuego, iluminación, incandescencia o a través de los escritos religiosos de la mayoría de confesiones. Iremos viajando dan do saltos espacio-temporales para conectar la “barbarie” de unos, con lo “místico” de otros.

Recreación del templo de Upsala 


Comencemos por los bárbaros vikingos, en la Europa del norte cuando aún eran almas sin cristianizar: salvajes, sucios y que pasaban a cuchillo a todo bicho en movimiento. Reducto de las costumbres de los pueblos germanos y otros que dieron fin a los muy civilizados, organizados, limpios y de “buenas costumbres” romanos. Seguidores de la religión Ásatrú, politeísta. Como eran bastante cortitos de “alfabeto”, habrá que fiarse de las referencias escritas más antiguas que han llegado hasta nuestros días. El Gesta Hammaburgensis Ecclesia Pontificum, su autor, Adán de Bremen (1050-1085?), historiador alemán de la segunda mitad del siglo XI. Narra en este documento, escrito de monjes para monjes, no hay que olvidarlo, una descripción de cómo fue la cristianización de aquellos pueblos, ya sea por el soborno de un príncipe o por la fuerza. 


En estos textos, en los que conviven la redondez de la Tierra, los abismos del fin del mundo y la lejana Vindland de Eric, el Rojo, da una versión de lo que eran los Blót: “Y así todos los dioses tienen asignados sacerdotes que ofrecen los sacrificios del pueblo (…). Suele celebrase en Upsala también cada 9 años (…). El sacrificio es así. De todo ser animado que sea masculino se ofrecen 9 cabezas, de los que es ley que la sangre de ellos aplaca al dios. Los cuerpos son suspendidos en el bosque que está próximo al templo (…). Allí también perros y caballos cuelgan con hombres, de los que en el montón de cuerpos suspendidos uno me contó haber visto 72 cristianos. De las demás exequias que se hacen de ese modo con el rito de la libación, variadas y deshonestas”. La libación trata de derramar sangre sobre un altar o sobre el suelo a la vez que se pronuncia una oración, u otros berridos. “Uno me contó haber visto”, también, a otros 72 cristianos en el evangelio de Lucas. “Después de esto, designó el señor a otros 72, y los envió de dos en dos delante de sí a todas las ciudades y sitios adonde él había de ir (…). Regresaron los 72, y dijeron alegres:–Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre–“ Lucas 10

“Sincretismo” de la Última cena.

Parece que el bueno de Adán de Bremen mezcla un poco ese pasaje con esos cristianos (supuestos mártires), primeros evangelizados en tan salvajes tierras. Lo mezcla o lo confunde (no pensaremos mal, o sí) con una liturgia espiritual de devoción del cristianismo. Tenemos los blót vikingos, que eran unos rituales que se celebran cada 9 años, durante 9 días y con 9 individuos macho de cada especie animal y humana. 

Ahora veamos la novena cristiana (). Son unas oraciones realizadas durante 9 días para la obtención de alguna gracia o pedir por una determinada intención. Y fijémonos en su origen. La hora nona (9 horas después de la salida del Sol), las tres de la tarde fue la hora fijada como la muerte de Jesús en la cruz. Muerte, o sacrificio, que sirve de expiación por los pecados de todos los hombres, y que muere colgado de una cruz-árbol mientras se desangra a causa de las heridas propiciadas con anterioridad. Al mismo tiempo, su madre, familiares y acólitos oran por su alma durante el proceso. Es por tanto el 9 relacionado con el dolor y sufrimiento. 9 días de oración de los discípulos y demás seguidores de Cristo reunidos entre la “Resurrección” del Maestro y el “Pentecostés“, la “iluminación del Espíritu Santo“. También proviene de ciertas costumbres griegas y romanas de 9 días de duelo por los difuntos o para apaciguar a los dioses.

Podríamos llegar a malpensar, dado lo expuesto, que el autor de esas descripciones de las costumbres vikingas tuviera unas intenciones capciosas. Proyectar una idea de salvajismo pagano de estos pueblos que estaban fuera del poder de la Iglesia. Evidenciar las virtudes del humanismo cristiano sobre las sociedades que vivían sin la protección eclesiástica. Para ello utiliza un ardid emocional, ya conocido por los lectores (escrito para monjes, recordemos), como el de la hora nona las novenas. En el caso cristiano tiene un sentido positivo con la obtención de gracias y con la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Por contra, ese 9, es utilizado de manera negativa sobre las terribles ceremonias-rituales vikingas. Es cierto que el número 9 es considerado mágico según las tradiciones orales nórdicas que han llegado hasta nuestros días, con lo que no podemos saber a ciencia cierta lo que fue mito o tergiversación histórica de Adán, “el listo” de Bremen.


Listo, también, anduvo Bernardo de Claraval (1090-1153), principal artífice de la expansión de la Orden de los Caballeros del Temple tan sólo unas décadas después. Cuenta la leyenda que los 9 caballeros iniciales se pasaron 9 años en su guarida del antiguo Templo de Salomón orando y a otros menesteres. Mas otra legendaria historia dice que esos caballeros representaban a las 9 familias merovingias que firmaron el pacto entre el rey franco, Clodoveo, y la Iglesia de Roma con el bautismo de este, a finales del siglo V; retomando el acuerdo con el Papado y haciendo del Temple su brazo armado secular. El futuro santo parece que no fue el redactor, en contra de lo promulgado oficialmente, de la primitiva Regla de la Orden. Ya venía redactada de oriente y se revisó y aprobó durante el Concilio de Troyes, en 1129, donde si lo supervisó el futuro San Bernardo. ¿Saben cuántos artículos tenía esa legendaria regla de los templarios? 72. Ni uno más, ni uno menos.

Representación del genocida Julio César

No fueron los cristianos del siglo XI los únicos en “blanquear” sus sacrificios o rituales, ni mucho menos. El gran Julio César, justo unas décadas antes del nacimiento de Jesucristo, tras conquistar los territorios ocupados por los celtas en la actual Francia y territorios aledaños, expuso bajo su puño y letra (eso me gustaría comprobarlo) una idea de civilización de bajeza moral y cultural del pueblo galo. Era necesario imponer las buenas costumbres y leyes del ejemplar pueblo romano. Con una descripción en tercera persona ejercida por el autor del libro De bello Gallico (La Guerra de las Galias) se pueden ir comprobando las atrocidades llevadas a cabo por las tropas lideradas por César. Aunque justificadas ante el lector romano, la visión descriptiva del pueblo sometido fue un pelín exagerada. Cuenta en el libro VI:

Toda la nación de los galos es supersticiosa en extremo; y por esta causa los que padecen enfermedades graves, y se hallan en batallas y peligro, o sacrifican hombres, o hacen voto de sacrificarlos, para cuyos sacrificios se valen del ministerio de los druidas, persuadidos de que no se puede aplacar la ira de los dioses inmortales en orden a la conservación de vida de un hombre si no hace ofrenda de la vida de otro; y por pública ley tienen ordenada sacrificios de esta misma especie. Otros forman de mimbres entretejidos ídolos colosales cuyos huecos llenan de hombres vivos, y pegando fuego a los mimbres rodeados ellos de las llamas rinden el alma. En su estimación los sacrificios de ladrones, salteadores y otros delincuentes son los más gratos a los dioses, si bien a falta de ésos no reparan en sacrificar inocentes”

El hombre de mimbre 

Es la fuente más “fidedigna” contemporánea que ha llegado de este llamativo ritual que hallaremos con posterioridad en otras épocas de la historia. Apunta a que fue un ritual ofrecido al dios Taranis, divinidad del rayo, del trueno, de las tormentas y de las fuerzas sobrenaturales. Lo representaban como un hombre barbudo con una rueda en las manos, también con un rayo. Se le consideraba el protector del clan y era invocado por los druidas, la casta sacerdotal celta, mediante sacrificios. César, en su libro, narra que los druidas no solían ir a la guerra, ni pagaban tributos, estaban exentos de la milicia y de todas las cargas de la sociedad. Los privilegiados psicópatas de toda la vida. Aquí al general romano no le hizo falta exagerar. Las víctimas eran recubiertas con una gran capa de mimbre antes de ser introducidas en el hueco del muñeco de grandes proporciones y del mismo material. Esos animales e incluso humanos eran abrasados como ofrenda en el interior del gigante para “satisfacción” de Taranis. El ritual conocido como “hombre de mimbre” (wicker man).


Este dios formaba parte de una tríada conocida como los “dioses de la muerte y de la noche“, que la formaban TeutatesEsus y el mencionado Taranis. Estas deidades son mencionadas en el poema  inacabado “Farsalia”  del poeta cordobés, y sobrino del gran Séneca, Lucano;”Los que aplacan con horrendo sacrificio al cruel Teutates y al horrible Esus, el de bárbaros altares, y a Taranis, cuyo altar no es menos cruel que el de la Diana escita“. Es aquí donde nos topamos con el interesante sacrificio de la “triple muerte” o “threefold death“. El historiador y arqueólogo, Martín Almagro Gorbea, nos explica en un brillante artículo que el ritual “consistiría en ahogar a la víctima, colgarla y quemarla“. En una descripción más detallada nos cuenta: “Para sacrificar a Teutates se ahogaba a un hombre sumergiéndole en una tinaja; para hacerlo a Eso, la víctima era colgada de un árbol y se le desangraba; para Taranis, se quemaban vivas a las víctimas, encerradas en una estructura ígnea en forma de maniquí“. También narra que no hay una homogeneidad a la hora de establecer las formas y el orden de los sacrificios. Que aparecen documentados en pueblos germanos del norte, eslavos, griegos, anatolios y persas, también. Corresponden a las divinidades de las tres funciones; la de los cielos, la de la guerra y la fecundidad, de los pueblos indoeuropeos. La triple muerte solía vaticinar por adelantado a príncipes o héroes por lo que se la consideraba una expiación por haber ofendido a los dioses. 

Odín colgado y atravesado por su lanza.

En el “Libro del Buen Amor” del español Arcipreste de Hita (primera mitad del siglo XIV), también se recogen un par de leyendas que hacen alusión a la triple muerte en las tierras hispanas con poblaciones celtas. Estás probablemente llegarían de las costumbres de Irlanda y demás pueblos gaélicos. En las leyendas recogidas en los ciclos artúricos, como la “Vita Merlini“, describe como el druida más conocido de la historia literaria, vaticinó su propia muerte: despeñado, empalado y ahogado. Si para los celtas la triple muerte sacrificial consistía en colgar, quemar y ahogar a la víctima; los germanos del norte tomaron por costumbre  colgar, herir con un arma cortante y acto seguido ahogar al o los sacrificados. El “burrezno” dios Odín se ofreció él como ofrenda de sí mismo. Colgose en un árbol (alegoría del “árbol de la vida”) atravesándose por su lanza y permaneciendo allí 9 días y 9 noches (volvemos a cantar una novena, aquí no pasa nada), para luego sumergirse en un caldero de miel. Diferentes poemas legendarios de estos pueblos nórdicos reflejan este hecho y que fue realizado como un renacimiento posterior de Odín con el secreto mágico de la escritura rúnica y el poder de la adivinación. Ese poder mágico otorgado a los sonidos emitidos de los fonemas pertenecientes a cada runa (o símbolo) me recuerda “muy mucho” a los poderes atribuidos a las letras hebreas, en la que cada una de ellas aportaba una carga energética venida del Mundo de la Creación. 

En el Este de Persia, bajo influencia musulmana chií, se ha conservado un mito relacionado con Iblis (Lucifer), y la triple muerte de su hijo, Khannas, a manos de Adán, por culpa de Eva. Iblis convence a la compañera del primer hombre que cuide de su hijo en su ausencia. Adán, enfurecido mató al niño, lo despedazó y colgó sus partes en un árbol. Se fue y regresó Iblis. Este pronunció su nombre y reconstruyó a su vástago. Se volvió a marchar dejando al pequeño otra vez con Eva y Adán regresó . Tras otra reprimenda a su esposa, este volvió a poner fin a la vida de Khannas. Quemó el cuerpo y lanzó la mitad de las cenizas al agua y la otra mitad esparcidas con el viento (observamos aquí pruebas de regeneración con los elementos de la naturaleza y la utilización de sacrificios como “medio”). Marchó y regresó Iblis, nuevamente, rehízo a su descendiente gritando su nombre y lo volvió a dejar con una preocupada Eva, por el enfado de su marido. A la vuelta de la primera cabeza visible del heteropatriarcado, este vuelve a darle muerte al hijo del demonio, que había transformado a su hijo en cordero, lo asó y fue comido a medias por Adán y Eva. Iblis a su regreso contempló la escena y les dijo que era eso lo que precisamente pretendía. “Ya puedo entrar en el cuerpo de los hombres cada vez que quiera“. Alegoría de la desobediencia a Dios y sus consecuencias; así como una muestra más  de ese inusitado interés por adueñarse de la voluntad de nuestras almas mediante engaños. (Estos nombres de Khannas e Iblis me suenan mucho a Caín y Abel, pero deben ser “elucubraciones” mías)

Santa Margarita, lo que el dragón
se come, la cruz se lo quita.

Si hacemos caso a la datación oficial de “la guerra de las Galias”, estas leyendas son anteriores a la vida de Jesús. Por tanto, los numerosos martirios de “santos” cristianos tendrían una influencia sobre los relatos de aquellos “escribas oficiales” de la iglesia católica. Pondremos el caso de Santa Margarita o Marina de Antioquía, víctima del cruel emperador Diocleciano. Esta joven muchacha abrazó la fe cristiana y sometida a numerosas pruebas para confirmarla. Renegó de la ofrenda de sacrificios a falsos ídolos; un demonio en forma de dragón (lagarto, lagarto) la devoró y esta logró salir cortando la tripa del bicho con su crucifijo (salvación del maligno gracias a la fe), rememorando a San Jorge, por cierto. Fue encerrada y sometida a diferentes “muertes”: primero fue colgada del potro y “desgarrada con garfios acerados y peines de hierro“, al tiempo que fue “abrasada con teas y hachas encendidas“. Siguieron ahogándola en un estanque de agua “donde perdiese el aliento y respiración de la vida“. Sobrevivió a todas estas muertes y el gobernador de turno optó por la decapitación para acabar con su vida. Podemos observar esta misma historia en la leyenda de Santa Marina de Aguas Santas en la Gaelica romana de evidentes influencias celtas. De ahí viene la influencia de la triple muerte de aquellos “pueblos bárbaros” y utilizada para enfatizar la figura de “mártir cristiano”. 


Traslademos este patrón de “triple mortalidad” al Bagdad de los califatos. Allí fue condenado a muerte un “agitador de consciencias”, Mansur Al-Hallaj, que promovía un sufismo piadoso que no parecía muy conveniente a ojos de los gobernantes. En el 922, y tras 11 años de cautiverio, dieron buena cuenta de este seguidor de Isa (Jesús ). Fue colgado y crucificado, herido y mutilado, quemado el cadáver y arrojado al río Tigris al tercer día. 

Por tierras hindúes tomaremos el ejemplo de la secta secreta Thug, también conocidos como “los Estranguladores“, que apresaban a sus víctimas para sacrificios en honor a la diosa Kali. Estrangulaban a las “ofrendas”, las destripaban para ofrecer la sangre a su diosa, las desfiguraban para dificultar su identificación y las arrojaban a un pozo o fosa. También realizaban una serie de rituales de danza y plegarias alrededor de los cuerpos. Esta secta fue perseguida y exterminada por los conquistadores británicos durante el siglo XIX. Como todo el mundo puede comprobar históricamente han sido un ejemplo de preservación de las costumbres y tradiciones de todas las etnias allá donde tuvieron el poder. La doble moral victoriana, será.

Los “malos salvajes”

En el “nuevo mundo” de las Américas, los españoles del siglo XVI parecían distinguir a dos clases de indígenas. Los pacíficos o “el buen salvaje“, no agresivos, a los que consideraban sin religión y los observaban inocentes debido a que mostraban su desnudez, a la que consideraban símbolo de pureza y carentes de vicios de la civilización (podríamos encontrar algún paralelismo con la teoría del “Buen Salvaje” de Rosseau y su contrato social del ciudadano con el Estado doscientos años antes). Y los que no se dejaban dominar, “el mal salvaje“, definidos como idólatras y antropófagos. De la multitud de narraciones recopiladas por Fray Bernardino de Sahagún sobre las costumbres de los méxicas pondremos un ejemplo llamativo. Unos sacrificios a un dios llamado Tláloc al que ofrecían gran cantidad de esclavos y cautivos subiéndolos a un altar de piedra. Descrito con sus palabras: “(…)echábanlos sobre ella y tomábanlos cinco, dos por las piernas, dos por los brazos y uno por la cabeza, y venía luego el sacerdote que le había de matar, y dábale con ambas manos con una piedra de pedernal, hecha a manera del ancon de los pechos, y por el ahugero que hacía, metíale la mano, y arrancábale el corazón, y luego le ofrecía al Sol; echábale en una tinaja. Después de haberles sacado el corazón, y haber echado la sangre en una jícara (recipiente) la cual recibía el señor del mismo muerto, echaban el cuerpo a rodar por las gradas abajo. De allí tomaban unos viejos, que llamaban Quaquilli y llevaban a su capilla donde le despedazaban y le repartían para comer.” (¿Otra vez la triple muerte y allende los mares?) Pese a que parecen haber pruebas arqueológicas de estos sucesos hay que recordar que las fuentes son unos ancianos nativos que se sientan a explicarle las batallitas de los sacrificios a Fray Bernardino. Es un documento llamado “Historia General de las cosas de Nueva España” realizado para justificar la evangelización y supresión de cualquier atisbo de las antiguas costumbres de aquellos salvajes sin alma. No está mal recordar a Adan de Bremen y sus tergiversados documentos. 

Un viaje a la China de la dinastía Shang, del segundo milenio antes de nuestra era, nos lleva a consultar la visión propia de la historia de Sima Qian. Este historiador de la corte de finales del siglo II a. de C., heredó la labor de su padre de confeccionar tres mil años (supuestamente) de historia de su nación. Aquí las alusiones a los sacrificios humanos se entremezclan con la fantasía y la realidad. La dinastia para la que trabajaba en ese tiempo, la Han, debía quedar en mejor lugar que sus ancestros. Por lo tanto, “esas particulares ofrendas” mejor las hacían otros. Fuente principal de la vida de Confucio, “Memorias históricas“, así se llama su obra, nos narra que para apaciguar a los dioses y los espíritus miles de humanos fueron decapitados. También era común la quema de personas en vida como ofrenda. Lo más chocante es la descripción de la suerte que corrieron los hombres, mujeres y niños sacrificados a los dioses siendo cortados a pedazos pequeños o minuciosamente perforados , con mimo y tacto, para ser desangrados con lentitud en olor a esos curiosos dioses.

Aquellos que escribieron las historias sobre los cultos y ofrendas ejercidas por los sacerdotes-chamanes-magos, no sólo están relacionados directa o indirectamente con el poder, y tratarán de no dañar a esa casta privilegiada sacerdotal; sino que como el periodismo actual, buscan la manera de agradar y no dañar al poder vigente. Para eso ya está el malvado enemigo desconocido, no fuera a ser que de narrar historias algo incómodas pasarán a ser alimento “divino”. Es posible que esa retroalimentación de historias y su adaptación a través de las culturas y civilizaciones sea la que oculta quiénes dan de comer a los dioses.


No sólo se pueden atisbar una mezcla de datos entre ellas; sino que apreciamos una superposición del mito del pueblo vencedor, mostrando menos ferocidad a ojos de sus seguidores, sobre el mito del atroz enemigo conquistado o el vecino pueblo hostil, que será el reflejo de costumbres salvajes e injustificables. En caso de ser ocupado, la historia-religión de ese pueblo será reescrita de manera que sea “comprendida” y debidamente transmitida por el sacerdocio adscrito al poder. Que sea de fácil identificación y asimilación para crear una mala imagen sobre la religión a eliminar. Muy a pesar de que ambas creencias tengan similitudes muy notables. Un ejemplo: alguien habría tenido que malmeter contra los cristianos para que el pueblo de Roma jalee a los leones y otras fieras y los conviertan en chuletas en la arena de los circos. Y alguien ha tenido a bien mostrar esos relatos para crear un sentimiento de victimismo y rencor hacia las creencias del pueblo que jaleaba ese martirio y  sus crueles dioses. ¿Podemos creer que la conversión al cristianismo del imperio romano fue por devoción e iluminación divina de sus gobernantes? Véase que el catolicismo les quedó bastante paganizado, que digamos.

¿Oscura visión de El Greco sobre la Crucificción?



Hay autores, como el recientemente desaparecido, Salvador Freixedo (1923-2019), que se atrevieron a mostrar esas interacciones similares entre dioses y sus pueblos, aunque no para apreciar la “acomodación” de unos mitos sobre otros ; lo achaca sólo a la intervención de esas entidades o dioses menores y con malas intenciones. Veamos un fragmento que parece definir su punto de vista en el imprescindible libro de 1984, “Defendámonos de los dioses“:
Los creyentes que admiten (…) que esa es la única y total explicación de los orígenes de la existencia del hombre sobre la Tierra y de sus relaciones con Dios, deberían saber que todas la grandes religiones nos hablan de parecidas batallas entre sus dioses, o entre un dios principal, y sus dioses menores. Y los no creyentes (…) deberían saber que mitos y leyendas no son más que las historias distorsionadas entre el paso de los milenios. (…) esas batallas entre dioses que aparecen en todos los libros más antiguos de la humanidad (es decir, en las historias sagradas de todas las religiones) se siguen repitiendo hoy delante de nuestros ojos.”

Aunque muy interesante planteamiento vamos a disentir del ex-jesuita y nos centraremos en las señales que nos conduzcan hasta una visión más detallada históricamente de estas manipulaciones. Observemos tres fragmentos de la biblia cristiana e intentemos recordar lo anteriormente expuesto dejando de lado nuestras creencias personales, muy respetables todas:

-“Y anda en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda de sacrificio a Dios en olor fragante”   Efesios 5:2

-“He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte; y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten, y le crucifiquen: mas al tercer día resucitará”    Mateo 20:18-19

-“Mas yo con voz de alabanza te ofreceré sacrificios; Pagaré lo que prometí. La salvación de Jehová.”       Jonás 2:9    

No seré yo quien diga que el martirio y “crucificción” de Jesucristo tenga influencias de todos estos rituales muy semejantes entre distintas civilizaciones (o las otras, influencias de este episodio histórico, también), pero…

Observando las relaciones culturales y tergiversadas entre las distintas narraciones sobre “el apetito de los dioses” podríamos establecer una intencionalidad sobre esa extraña “triple muerte” o recreación sobre la víctima o víctimas. Ya sean unas muertes simbólicas, proyectadas para el imaginario de las mentes a recibir el temeroso mensaje, o sobre un escenario real, este tipo de sacrificios múltiples tiene como idea el arrebatamiento del humano en todas sus formas: cuerpo, alma y espíritu. Esa idea de conseguir la capa más profunda del ser humano no puede venir del mismo Dios que ha creado el Universo, los mundos, la naturaleza y sus seres vivos, y a su creación más compleja: los hombres. Es más, se podría decir que las capas más externas de las personas son ofrecidas a seres de distinta magnitud de fortaleza o poder, dejando el espíritu, la parte que nos conectaría con Dios, como ofrenda mayor para una entidad o entidades que escapan a nuestra capacidad de definición. De buen seguro llevan mediando desde hace muchos milenios con unos intermediarios que pasan de generación en generación, y de unas tierras a otras. ¿Pero de qué manera lo harían y cuando?
Y hablando de intermediarios y de los que “más mandan” en estos asuntos y de triples muertes…¿sería posible que durante el entierro de los Papas de la iglesia católica se produjera una triple muerte simbólica? Sí, podría ser posible. Está debidamente estipulado que los restos de Su Santidad sean introducidos en tres cajas o triple ataúd. ¿Extraño? No, para nada. El simbolismo en las religiones es lo que tiene, y el Vaticano es la capital de las múltiples lecturas:

-La primera caja, (primera muerte o PRIMUM MORTIS) ha de ser de madera de ciprés. Este árbol simboliza la conexión entre el cielo y la tierra, o el mundo de los vivos y el de los muertos. Ahí se deposita el cadáver. Se desprende simbólicamente de su cuerpo e inicia “el viaje”.

-La segunda caja (o MORS SECUNDA), que alberga el primer ataúd, se debería realizar de plomo, soldada “herméticamente”. Hacen referencia a la conservación del estado del cuerpo y a que no traspase la humedad. En cambio, el plomo era el metal que todo buen alquímico quería transformar en oro, el metal puro por excelencia. En esa antigua ciencia oculta a dicho metal pesado se le relaciona simbólicamente con Saturno, que en visión de los antiguos astrólogos era el límite de los confines del sistema planetario; y lo relacionado con ese fin, el planeta, la deidad, la “puerta de la trascendencia” del alma humana con lo desconocido… y comparte una sospechosa similitud con los sellos y logos de la orden jesuita.

 

La tercera y última caja (o TERTIAM MORTEM) está hecha de madera de nogal. Según parece, para darle una apariencia de “normalidad” al féretro; aunque se me ocurren unos cuantos materiales aislantes de la humedad menos aparatosos que el plomo. El nogal era utilizado en algunas culturas del norte de Europa para celebrar el nacimiento de un hijo plantando un árbol de esta especie. Tiene como fruto-semilla, el junglans regia, lo que la mitología romana denominó “la bellota de Júpiter” (Jovis glans, derivado a jun-glans). Las múltiples capas que forman la nuez pueden representar perfectamente este triple enterramiento. Del producto de este árbol se extraía el mitridato, un universal antídoto contra infinidad de venenos cuyo nombre procede del rey de Ponto, Mitrídates, al que los romanos consideraban el mayor experto en venenos. Tras su conquista, cuentan que su tesoro más preciado era la receta que le hizo sobrevivir a múltiples intoxicaciones mortales hacia su persona: nueces secas, higos, hojas de ruda, enebro y sal (no al gusto, aquí). Pensando un poco mal…¿para qué querrían los santos padres un antídoto para venenos en sus viajes hacia la transformación en alma superior ascendida y perfecta? Los caminos del señor deben ser inescrutables, también por esas lides, y nunca se sabe quiénes te pueden pedir cuentas por tus actos en vida. (Elucubraciones pontificias. No tengan en cuenta este último dato) 


Y es lo que parece, más que un entierro simula un viaje iniciático. El cuerpo se deshace y se queda en el mundo de los vivos. Comienza su transformación del alma en una caja hermética para convertirse en la esencia pura, renaciendo en el mundo de los muertos como un ser espiritual. Una triple muerte simbólica inversa. El “jefe” de la casta sacerdotal tiene como premio a sus servicios la obtención de un espíritu superior a los demás, según se mire. Un poco retorcido, sí. También los nombres en latín alusivos a las sucesivas muertes son un pequeño subterfugio literario para meternos en escena. Permitámosnos esa licencia. Cipresso, piombo e noce (nombre de los materiales de los ataúdes en italiano), sería una definición más adecuada.

3 sarcófagos, 3 ataúdes

Echando un vistazo al funeral del último Papa fallecido, no son de extrañar las comparaciones con los fastos funerarios de los faraones egipcios. A propósito… ¿saben cuántos sarcófagos contenían a la momia de Tutankamón? Pues tres eran tres los sarcófagos-ataúdes que la contenían. Dos de madera chapadas en el metal dorado y la última en oro macizo. La humedad es lo que tiene… Es curioso como nos viene la idea del faraón déspota, endiosado y recurriendo a lo imposible para conservar su cuerpo “incorrupto” y con el vicario de Cristo en la Tierra se trata de proyectar una imagen de humildad, benevolencia y santidad. (¿Endemoniados bárbaros y cristianos romanos píos…?). Cabe mencionar aquí la leyenda-mito egipcia del engaño de Seth a su hermano Osiris con la ayuda de 72 conspiradores. Haciéndole introducir en un cofre de oro y maderas nobles realizado con las medidas exactas de este mediante sortilegios, los 72 ayudantes del codicioso Seth, sellaron el cofre-ataúd con ¿adivinen que material fundido para evitar humedades y simbólicamente relacionado con la transformación? Efectivamente, el plomo, tan querido por los Santos Padres para sus excursiones al más allá. El mito continúa arrojando el cuerpo de Osiris al Nilo (símbolo de ahogamiento), llegando hasta las orillas de Byblos, donde las olas lo incrustaron en un arbusto de tamarindo. La planta lo absorbió y fue formando parte de ella hacia arriba (alusión a permanecer colgado). Más tarde, es encontrado por su esposa Isis y devuelto a la desaparición por parte de Seth, esta vez descuartizándolo en 14 partes (muerte por desmembramiento, aquí). Una vez más, su esposa Isis logra recomponer todas sus partes menos el falo; el cuál logra rehacerlo mediante poderes mágicos y, convertida en ave (veremos unos cuantos palomos) engendrar al hijo de ambos, Horus, renaciendo así tras pasar por tres fases de muerte. Yo le veo ciertas similitudes con las tres cajas sorpresa de los Papas, pero no hagan caso.

Para acabar con la mención a los entierros papales apuntar que a partir de la misa funeraria comienzan los “novendiali“, 9 días de luto con sus misas organizadas por las distintas asociaciones eclesiásticas que se llevan a cabo en el Vaticano. El noveno día, se reúnen en cónclave los cardenales para la elección del nuevo faraón…¡uy, perdón! del nuevo sucesor de San Pedro. El origen de los 9 días de luto también es de la antigua Roma. Los familiares del fallecido guardaban luto para ahuyentar su espíritu y el último día se producía la novendiali caena (cena del noveno día), donde se realizaban unas pequeñas ofrendas y libaciones en honor al difunto. 


La curiosa triple muerte dando saltos multiculturales a través de la historia de la historia; englobada está en el factor tiempo por la constante “9” y acompañado del sutil número 72, siempre aderezo de triquiñuelas históricas y legendarias.

Dante contemplando su amor platónico. Beatrix.

Como telón a estas “novenas veladas” que mejor que regocijarnos en una obra que ensalza esta sugerente simbología del 9. Tratemos brevemente a la que se le considera el primer trabajo literario del gran Dante Alighieri (1265-1321), la “Vita Nuova“. Muestra el amor platónico como tema principal, o al menos en apariencia; veamos el porqué de esa apariencia simbólica. Su primer encuentro con “su amada”, Beatriz, (bienaventurada, portadora de beatitud o de felicidad) se produce cuando ambos tienen 9 años. El pequeño Dante queda totalmente prendado de la “visión” de esa niña, a la que no vuelve a ver hasta 9 años más tarde, cuando cuentan con 18 (1+8=9). Pudiéramos ver una alusión velada a la participación al sacramento de la eucaristía o primera comunión, poco dada en el siglo XIII por los infantes, así como a la confirmación religiosa a esos 18 años; pero optaremos por creer que es un periodo en el que Dante fue iniciado desde esa edad, 9 años, hasta la aparente integración como miembro de pleno derecho de su “comunidad”, ya sea secreta o discreta, tras un aprendizaje de 9 años.

Dícese del poeta florentino, que fue miembro de los Fedeli d’Amore, sociedad secreta de poetas italianos que pretendían una renovación de la iglesia católica, denotada en órdenes religiosas dentro de ella como fueron los franciscanos, o movimientos gnóstico-heréticos, ya extintos en esa época, como los cátaros y, algunos ven a los templarios; no es de extrañar, son la salsa de todos los misterios medievales. Una aparente revolución mística laica por la que asoman las cortinas de otras intenciones. Lo que parece una transformación iniciática hacia algún tipo de saber o secreto que deberían ocultar sumergido entre poemas y alegorías, como en esa “Vita Nuova” o “nove” (nueve en italiano). Salto del camino de la vida al “9” como nueva transformación (nueva-nueve) hacia algo elevadamente espiritual. Intentemos explicarlo.

Dante tiene unos encuentros “casuales” con su amada Beatriz, de los que destacamos uno bien curioso que llama nuestra atención. Hay que resaltar que los encuentros sólo se producen por contacto visual: “Aconteció un día que la gentilísima mujer hallábase en sitio donde sonaban alabanzas a la Reina de los Cielos, que yo me encontraba donde podía ver a mí bien. En medio de la recta que nos unía estaba una hermosa dama de agradable continente, la cual me miraba con frecuencia, maravillada de mis miradas, que a ella parecía enderezarse.”  La descripción es más de una alineación de movimientos de cuerpos astrales que de miradas encontradizas de enamorados. Una superposición de un cuerpo aparente, engañoso, que parece estar como una sombra y no está realmente, pero influye de alguna manera en el conjunto del movimiento; como si estuviera observando y narrando un fenómeno astronómico. Esa “Reina de los Cielos” resultaría la madre de Dios dentro del concepto cristiano expuesto sin brumas por Dante; pero no. A todas luces hace alusión a la encarnación que toma la Luna de las diosas paganas como Innana, de Sumeria; la Astarté, de los fenicios y cananeos; la Ishtar de los babilonios y otras. Pero ¿es esa deidad en realidad su amada Beatrice?¿Qué figura oculta ese “Amor“, como entidad, al que hace continua referencia?

El sueño premonitorio de Dante

Prosigue: “(…)asegurando que mis miradas no hayan descubierto mi secreto“. Su secreto. No el amor incondicional a su amada; sino a la Beatriz-Luna o Luna-Bellatrix que encarna los conocimientos secretos que está adquiriendo y que han de permanecer ocultos para los no-iniciados. Expuestos, pero oscurecidos. Y de oscuridad está hablando, como veremos. Aquella fuerza oscura (no confundir con el lado oscuro de Darth Vader) que hace silenciar a quienes acceden y se les concede conocerla. Tras este segundo encuentro descrito a modo de movimiento astral, que 9 años después, Dante, narra en forma de leve sueño o duermevela, insinuando, tal vez, un trance, como su señor “Amor” se le presenta en forma de nube de fuego con una dama casi desnuda cubierta por un paño rojo (alegoría de sangre y sacrificio) en sus brazos: su amada Beatrice. La imagen le produce alegría y horror. Se le presenta diciendo: “Yo soy tu señor” (Ego dominum suum) y le muestra el corazón del poeta en una mano: “Mira, he aquí tu corazón” (Vide cor tuum) y despertando a la “donna” se lo ofrece para que se lo coma, y mordiendo ésta, el poeta sale del aparente trance. Esta imagen onírica muestra un ritual sacrificial de entrega absoluta del cuerpo, alma y espíritu de Dante.


¿Cómo podemos intuir que ese movimiento es protagonizado por la Luna, y no por Venus u otro planeta del firmamento?  De nuevo por el “9“. La clave la da casi al principio del relato: “Había transcurrido de su vida el tiempo que tarda el estrellado cielo en recorrer hacia Oriente la duodécima parte de su grado, y por tanto, aparecióseme ella casi empezando su noveno año y yo la vi casi acabando mis nueve años.” Muy enrevesado, sí; pero no imposible. Primero en ese texto expone que el cielo ya había dado 9 vueltas al mismo punto, 9 años, por tanto. hasta ahí claro. Pero es en ese momento cuando aparece la “dama” ante su vista, y el fenómeno “transcurre” lo que tarda la duodécima parte de su grado. Estos sería una órbita que recorre el mismo movimiento de un astro 9 años o casi 9, y averiguando por tanto, esa duodécima parte. Pasando ese número de años a meses para facilitar su visión nos encontramos con 108 meses, divididos en 12 partes de la órbita resultan en, ¡oh, sorpresa!, 9 meses. No, no es una locura. Es un pequeño jeroglífico.

Hay un movimiento de la Luna por el que está fuertemente perturbada por el Sol (astronómicamente hablando, claro) y que hace variar la excentricidad de su órbita y su inclinación en la eclíptica del cielo. Llámese fuerzas gravitatorias, atracciones de cuerpos astrales o mejor, “cosquillas cósmicas” (Newton tampoco supo de dónde venían). Esa “línea recta” es la que une el perigeo (punto más cercano de la Luna a la Tierra) y el apogeo ( el punto más alejado) y que se denomina línea de los ápsides. Su periodo es de 8.85 años o 3233 días (8 años y 10 meses y pico, “casi empezando su noveno año”). Su paso por cada signo zodiacal en la eclíptica es de aproximadamente 9 meses (aquella duodécima parte de su grado). Sí, bien; ¿pero qué tiene que ver esto con la “fuerza oscura”? 

La “fuerza oscura

Es aquí donde hace acto de presencia una de las figuras mitológicas más antiguas y llena de sombras. Lilith, aquí en su versión astrológica. Es en ese punto del apogeo, el más lejano, donde nuestro satélite parece que se vaya a escapar de la energía de la Tierra y que nuestras denominadas “cosquillas cósmicas” lo atraen de vuelta. Ese punto virtual de lejanía y la distancia hasta nuestro planeta, esa recta oscura, establece lo que se llama Luna negra Lilith en astrología. Interpretaciones más o menos acertadas en ese aspecto, nos quedaremos con la leyenda mitológica de la que fuera primera mujer de Adán, y que aparece veladamente en las escrituras, como cara opuesta de la mujer u ocultación de lo que se está exponiendo. El doble opuesto. Representaría a la parte sombría de la historia. Aquello que realmente está expresando con la exaltación de la figura de la “donna angelicatta” es la culminación de un ser elevado y espiritual, a través del cual se puede llegar a la salvación. El dominio secreto de un conocimiento al que, como muchos otros, se llegaba por una iniciación bastante traumática.

Como ejemplo de “muerte iniciática”, el poeta narra una enfermedad suya durante 9 días que culmina con el sueño premonitorio de la partida de este mundo de su “amada”. Cuenta que muere Beatrice el día 9, del mes 9, de la manera de contar en Arabia y en Siria. Una manera de sugerir una sabiduría de origen oriental; aunque su explicación para tanto 9 casual es porque la raíz de 9 da como resultado el 3, en referencia a la trinidad cristiana. Y de paso cae en la cuenta que estos sucesos acaecían en la hora nona del día, acordémonos, la hora de la muerte del redentor. Un interesante ensayo de la filóloga de lengua italiana, Rosario Scrimieri Martín, trata de darle una explicación a estas reiteraciones del nueve en la “Vita Nuova” de Dante, a través de las sincronicidades de Carl Gustav Jung. Pues visto lo visto, y sin desmerecer su trabajo, bastante acertado en la disección de los cuatro elementos en esta misma obra, nos vemos en la obligación de sugerir que en este caso no va a ser ni el Jin, ni el Jung.

Dante “bebiendo” de las fuentes del saber.

Cabe mencionar la más que posible relación de Dante con la Orden del Temple y su más que aparente influencia, en lo que pudo ser un movimiento civil entorno a los Fedeli d’Amore impulsado por esta orden. Entre 1308 y 1310, el poeta florentino estuvo en el centro del drama que sufrieron los templarios y sus ejecuciones, mostrando su disconformidad con el rey de Francia y el corrupto Papa de turno. Se da la coincidencia (jin-junguiana, tal vez) que los aspirantes a caballeros del temple debían completar un periodo de 9 años para llegar a su investidura definitiva. Apuntar también, que los tres guías de Dante en su posterior, y obra cumbre, la “Divina Comedia“, fueron representados por: el gran poeta de la Eneida, Virgilio, en el infierno y purgatorio; su “amada-iniciadora” Beatrice, para abrirle las puertas del paraíso; y el impulsor del culto a la Virgen María en la Edad Media y de la Orden del Temple (poca cosa), San Bernardo de Claraval, en la parte final de ese paraíso que describe la imagen contemplativa de Dios, y donde le invita a volver su mirada al rostro de la Virgen María como el rostro más parecido a Cristo, que alegoriza la culminación del ritual iniciático: (Virgilio-Beatitud-Virgo). Vemos como a Dante Alighieri le gusta jugar con la fonética de las palabras, que utiliza (al menos así lo apreciamos) como dobles sentidos velados. Los nuovo-nove-nona, para la simbolización del 9 y sus significados renovadores iniciáticos, el y su relación con los ciclos alquímicos como fin de uno y comienzo de otro; el amore-mora-morte, el amor y la muerte, que ya trataron grandes poetas clásicos romanos, como el admirado Virgilio por el poeta florentino, y su vinculación con Eros y Thánatos, símbolos de creación y destrucción.

Petrarca y el “Áurea”


Y para complementar este despreocupado mini-ensayo de la primera obra de Dante haremos mención a una curiosidad implícita de los miembros de los “Fieles de Amor“. Estos poetas impulsores del “Dolce stil nuovo“, volvemos al juego de palabras, se acogen a la “musa inspiradora” para sus creaciones de un modo que trasciende lo racional para impregnarse de sentimientos. Eso a primera vista, claro. Se dejan llevar, o se ponen en manos de Eros, esa entidad-divinidad activa, Amor. Todos los componentes de esta sociedad lírica-secreta difuminan en el nombre o referencia de sus “amadas” una cualidad alusiva al conocimiento velado-iniciático. La donna angelicatta que hemos comentado anteriormente. Veamos:

Para uno de los primeros poetas conocidos del grupo, Guido Cavalcanti (1255-1300), y amigo de Dante, la mujer a la que se refiere como “donna mi prega” (la mujer me ruega) es una dama que encuentra durante su peregrinación en el Camino de Santiago y que la describe como “de su poder a menudo sigue la muerte“. Peregrinación para renacer.

Seguimos con el gran humanista y poeta del trecento italiano, Francesco Petrarca (1307-1374). Su amada recibe el nombre de Laura. De laurus, laurel, poeta laureado en Roma…, pero a causa del juego de palabras utilizado por estos autores veo más correcto la separación l’aurea o el áurea, como áureo, el número de la proporción divina. Aunque más sorprendente es la valoración matemática que realizan algunos estudios de sus sentimientos hacia su “Áurea”., incluyendo ecuaciones diferenciales, como la propuesta por el italiano, Sergio Rinaldi, sobre los 366 versos que le dedica Petrarca en su “Cancionere“. Deduce que hay un comportamiento cíclico de los dos amantes cada cuatro años durante los 21 años de “relación” entre ambos. 366 versos como días del año bisiesto. Hecho que comenzó el Viernes Santo de 1327, que era 6 de abril. Y que finalizó con la muerte de esta otro 6 de abril de 1348 (la peste negra se alineó con Jung, aquí). Otra mención a la muerte de Cristo como iniciación. Y un ciclo de 21 años (a saber).

Su discípulo, Giovanni Bocaccio (13013-1375), conoció a su “gran amor” el Sábado Santo de 1331. Más alusiones a la muerte de Jesús, aquí el segundo día , a la espera de la Resurreción. La que fuera su “musa” durante algunos años fue llamada por este poeta, “Fiammetta” (Llamita”). Que mejor apelativo para la inspiración del conocimiento.

Un guiño a las estrellas.

Repiten en sus poemas la figura evocadora de la “stella” (estrella-luz-luminosidad) adornado con las “nubecillas de fuego” que transmiten mensajes de “entidades” propiciadoras de sabiduría a cambio de sometimiento del alma. No se me ocurre otro mejor puente para enlazar con la temática de la segunda parte de esta investigación.

Continuará…


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3 comentarios sobre “EL SACRIFICIO DE LA HUMANIDAD 2.0 (parte I)

    1. Muy perspicaz, Verónica. Al final de la tercera parte lo explico con pelos y “rituales”, y sus magos gris-oscuro, oscuro (por no llamarles de otra manera). Hubo dos celebraciones más en la nochevieja de 2013-14 y 2014-15 en las fuentes de Montjuïc. Actualmente está situado entre dos obeliscos en línea con Montserrat en un parque con su nombre. Un saludo y gracias. Nada es casualidad.

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