Los dos hermanos
No sé si es correcto llamarnos hermanos, ya que esa es una concepción exclusiva de vuestra frágil condición humana; nosotros pertenecemos al vasto y silencioso reino vegetal. Concretamente somos eucaliptos, de la especie que vosotros bautizasteis como Eucalyptus camaldulensis o Eucalyptus globulus. Mis antepasados lejanos no nacieron en estas tierras levantinas, sino que proceden de Italia —en concreto de los alrededores de Nápoles, donde crecían en los jardines de Camaldoli—, y fueron introducidos en la Península Ibérica a partir del siglo XIX.
A diferencia de los ejemplares ordenados que pueblan los parques, mi hermano y yo no fuimos plantados por la mano de ningún botánico. El viento generoso tuvo a bien transportar nuestras diminutas semillas hasta el fondo del Barranco del Salt de l’Aigua. Allí hallamos la humedad freática necesaria para asomar las primeras ramitas al sol de una época donde lo que nosotros considerábamos como nuestro valle respiraba en calma, muy lejos del estruendo y la contaminación que vendrían después.
Desde que éramos apenas unos tallos frágiles, comprendí que mi hermano no poseía mi misma vitalidad ni alcanzaría mi envergadura. Parecía que los hados le habían negado la buena estrella: siempre florecía más tarde que yo, sus frutos eran diminutos y desmedrados, e incluso los pájaros desdeñaban sus ramas para preferir el refugio seguro de mi copa alta y frondosa.
—Hermano, ¿por qué te cuesta tanto estirar el lomo hacia el cielo hoy? —le susurraba yo cuando soplaba el poniente.
—No lo sé, siento las raíces pesadas, como si la tierra de este barranco me retuviera más que a ti —me respondía él con un crujido sordo de corteza.
Aunque los árboles no contamos las estaciones con vuestros calendarios rígidos, las sentimos en la savia y en la piel de la madera, guiados siempre por el tránsito del Sol, nuestro mejor amigo. Los diez primeros años de nuestra vida transcurrieron en un crecimiento vigoroso; tanto, que ya nos daba sombra el viejo puente de ladrillo y mampostería, aquel que lleva en pie desde la segunda mitad del siglo XIX y que aún hoy constituye la ruta principal entre Manises y Quart de Poblet. Un viejo almendro que ya no existe nos contó que el puente ya peinaba más de cincuenta años de historia cuando nosotros agitamos por primera vez nuestras hojas al viento.
Tras esa década de paz, el mundo de los hombres enloqueció de repente. Durante más de tres años —lo que vosotros llamasteis la Guerra Civil entre 1936 y 1939—, los cielos dejaron de ser nuestros aliados. Se oían sirenas día y noche, y unas enormes estructuras metálicas sobrevolaban el barranco proyectando sombras ensordecedoras y arrojando muerte. Nos enteramos mucho más tarde de que eran aviones con base en el cercano aeródromo militar republicano de Manises. En ocasiones, algún artefacto cayó en la retaguardia desatando detonaciones formidables, humo denso y cráteres inmensos que divisábamos desde la altura de nuestras copas. Por fortuna, ni mi hermano ni yo sufrimos daños directos en el tronco, aunque muchos matorrales y árboles vecinos perecieron carbonizados en pequeños conatos.
Luego vino la posguerra, un tiempo gris y silencioso donde apenas transitaban carretas y la gente caminaba cabizbaja buscando qué llevarse a la boca. Nosotros tuvimos la suerte de no producir frutos codiciados por vuestra hambre, librándonos así de las hachas y los desmoches despiadados que sufrieron otros parientes de la huerta.
Un buen día, el silencio se rompió con un rugido extraño.
—¿Qué demonios son esas cosas que rugen sin animales delante? —le pregunté a mi hermano al ver pasar los primeros camiones y vehículos de motor por la carretera.
—Monstruos de hierro que expulsan humo negro por las entrañas; este valle ya no volverá a ser el mismo —me contestó él con tristeza.
Para cuando cumplimos cincuenta años en vuestro cómputo temporal, ya habíamos resistido embates feroces de la naturaleza. Recuerdo perfectamente la madrugada del 14 de octubre de 1957, cuando la Gran Riada del Turia desbordó los límites habituales. La Presa de Manises aumentó su caudal de forma aterradora, situándose el agua entre 7 y 8 metros por encima de su nivel habitual. Todo el mundo que cruzaba el puente se asomaba con terror a la barandilla, contemplando nuestras copas asomar tímidamente en medio de un torrente marrón y furioso.
—¡Agárrate bien al fondo, nos arrastra! —le grité a mi hermano mientras el agua golpeaba nuestras bases.
—¡Tengo mucho miedo hermano, mis raíces crujen! —clamaba él mientras el lodo lo azotaba sin piedad.
Nuestras profundas raíces salvaron nuestras vidas, pero mi hermano, situado en la zona más vulnerable del centro del cauce, perdió una rama maestra y quedó gravemente maltrecho. A aquello se sumaron años más tarde fuertes ventiscas que le fracturaron una gran rama superior; una herida mal curada que quedó a media irrigación y le causó un dolor sordo el resto de su existencia. Nadie acudió a curarle. Éramos dos árboles silvestres en un barranco olvidado.
Entre aquella riada histórica y los embates posteriores, mi hermano se fue consumiendo por dentro, devorado por parásitos y hongos que deformaron su tronco, rompiendo la verticalidad sagrada de nuestra especie. Oía a menudo a los viandantes detenerse en el puente para señalarlo:
—Mira ese eucalipto, está completamente torcido y seco por dentro, un día se vendrá abajo —decían los vecinos.
Mientras yo lucía verde y radiante cada primavera —experimentando ese estallido de brotes jóvenes tras el despertar estival—, mi hermano apenas tenía fuerzas para un segundo brote otoñal. Yo intentaba socorrerlo enviándole nutrientes a través de nuestras raíces entrelazadas bajo el suelo del barranco, pero era un esfuerzo baldío.
Con los años, el cielo también cambió. Las nubes naturales comenzaron a verse asediadas por otras que salían de los aviones y quedaban como estelas persistentes y caían finísimos hilos blancos trazados por aviones invisibles. Abajo, en el mundo de los hombres, cambiaban los nombres de las cosas: hablaban de la muerte de Franco, de la llegada de la democracia, o bautizaban las tormentas como «gotas frías», «Danas» o «cambio climático».
Y entonces apareció él.
Algunas veces todos los días y otras cada tanto, un mismo hombre cruzaba el puente en una u otra dirección. A veces caminaba con prisa, pero con frecuencia se detenía largo rato para observarnos. Comencé a llamarlo en mis pensamientos «el caminante tranquilo». Un día lo vi instalarse en uno de los bloques cercanos de pisos de reciente construcción levantados tras el año 2000, justo al borde del parque aledaño. Podía verle asomado a sus ventanucos, conviviendo con una mujer y una niña pequeña que crecía año tras año. A veces, cuando se quedaba solo junto a la barandilla del puente, nos hablaba en voz baja:
—Aguantad ahí abajo, viejos amigos, sois lo único verde que me da paz en este desfiladero de hormigón —susurraba, creyendo quizás que el viento nos llevaría sus palabras.
Pero el golpe más duro llegó el fatídico sábado 25 de julio de 2026. El calor era sofocante, de los más extremos que recordábamos, acompañado de un viento seco y abrasador. En plena hora de máximo sarpullido solar, estalló el incendio de matorral en la zona del Salt de l’Aigua, cerca del Hospital de Manises y del barrio de Socusa. Las llamas avanzaron desbocadas, devorando cañares y pastos.
—¡El fuego nos alcanza! ¡huele a muerte! —gimió mi hermano cuando las chispas comenzaron a llover sobre el cauce.
—¡Resiste, mantén la humedad de la corteza! —le alentaba yo, aunque el calor era ya una zarpa invisible que nos estrujaba el pecho.
Las sirenas de los bomberos y la policía colapsaron la carretera entre Manises y Quart de Poblet. Vi desde mi altura cómo el caminante tranquilo contemplaba horrorizado el avance de las llamas desde su propia ventana, obligado poco después a huir despavorido de su casa ante el riesgo inminente. El fuego no solo arrasó la vegetación y cobró la vida de innumerables animales; un vecino de 78 años, sorprendido por las llamas en su huerto del cauce, pereció atrapado junto a su vehículo calcinado. Por la tarde, tras sofocar el fuego los bomberos, vi al caminante observar en silencio desde el pretil de la terraza del edificio donde vivía cómo los operarios se llevaban el cuerpo envuelto en plástico negro. Creo que solo él vio cómo se llevaban a aquel hombre.
El saldo del fuego fue desolador. Mis propias hojas sufrieron quemaduras superficiales, pero mi hermano se llevó la peor parte: las ramas secas por antiguas fracturas ardieron por dentro, resecando sus últimas esperanzas de vida. A nuestro alrededor, catorce palmeras altas resistieron con los troncos negros pero la corona verde, gracias a lo apretado de sus fibras. Sin embargo, poco después, el miedo institucional dictó sentencia. Fueron troceadas en pequeños cilindros y su tronco reducido a astillas. Y todo por el miedo.
Los servicios de mantenimiento de la Confederación Hidrográfica, temerosos de futuras riadas y Danas, decretaron la tala preventiva de los ejemplares considerados inestables. El caminante nos contemplaba desde el puente, sabedor del destino que aguardaba a mi compañero.
Mi hermano ya no está. A pesar de que había comenzado a emitir valientes brotes epicórmicos —esos pequeños penachos verdes brotando directamente de su tronco quemado que demostraban que sus raíces seguían aferradas a la vida—, la sierra cortó por lo sano.
Ahora solo queda un tocón solitario junto a mí en medio del barranco. Mis raíces aún buscan bajo la tierra las suyas, sabiendo que pronto se apagará del todo su pulso y yo absorberé los últimos vestigios de nuestra savia compartida.
Estoy solo. O al menos lo estaría si no fuera porque hoy el caminante ha bajado al cauce. Se ha arrodillado junto al tocón de mi hermano y ha acariciado con veneración la madera cortada mientras yo derramaba resina transparente en silencio. Después se ha acercado a mi tronco, me ha rodeado con sus brazos y me ha susurrado al oído:
—Tranquilo… nunca estarás solo.
….
In memorian.
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