Sobre la noción de verdad

Origen: Sobre la noción de verdad

Articulo de Pedro Bustamente publicado el 2017-07-08

Hoy, que tanto se habla de verdad, de posverdad, de noticias falsas, de teorías de la conspiración, etc., conviene pararse un poco a analizar en qué consiste la verdad. El sistema nunca ha sido tan complejo, nunca ha tenido tantas capas, tantos estratos, nunca ha habido tanta ocultación y al mismo tiempo tanta conectividad y tanta transparencia, siempre muy relativas. Nunca ha habido tanto nivel de integración global, pero, al mismo tiempo, desigualdades e injusticias tan acusadas. Sin duda todo esto es específico de nuestro tiempo. No como un “cambio de paradigma”, como tanto intentan vender los académicos dominantes, para ganar prestigio y compradores de sus libros. La mecánica es siempre la misma, solo cambian ligeramente las formas. Este es el verdadero reto: contar que la mecánica es siempre la misma. Pero esto no vende libros, no se aprecia en las academias prostituidas al sistema.

Ante esta situación es normal que surjan todo tipo de polémicas pervertidas sobre lo que es verdad o no es verdad, sobre la información que es verdadera o es falsa, sobre lo que es auténtico o lo que es fake. Solo gracias a estas polémicas, a todas las diferentes posiciones sobre los distintos temas, es posible, paradójicamente, que se conforme una sociedad global. De hecho, esta situación va a durar décadas, o incluso siglos, y será alimentada convenientemente por los medios y las instituciones del sistema, para unirnos y dividirnos, para cohesionarnos y enfrentarnos, cuando y donde le interese a las élites que controlan estos dispositivos. Y siempre, enmascarando las verdades más importantes.

Para no caer demasiado bajo en estas polémicas, y en los enfrentamientos a los que conducen, conviene analizar la noción de verdad. Lo que estamos tratando de mostrar en esta obra es que la misma esencia de los símbolos —e insistimos, todo es símbolo— es la de operar en profundidad. Esta profundidad significa que un mismo símbolo significa cosas distintas a distintos niveles y para distintos estratos sociales. Hablamos de estratos sociales más en el sentido iniciático del término que en el puramente socioeconómico, aunque tienden a coincidir. Hablamos de iniciación en el régimen de poder-religión real que rige el sistema global, esto es, la masonería que desemboca en el satanismo-luciferismo en las cúpulas. Iniciación articulada por la pertenencia a logias masonas, rusicrucianas, sectas satánicas, órdenes de caballería, sociedades secretas, etc., todas ellas muy articuladas y jerarquizadas, todas ellas confluyentes en la jerarquía illuminati. Pues bien, las polémicas sobre lo que es verdad o mentira, posverdad o noticia falsa, hecho comprobable o teoría conspirativa, etc., se inscriben en esta profundidad de los símbolos, y a su vez, en los distintos estratos iniciáticos que separan a los altos iluminados de las sociedades profanas.

Siguiendo esta lógica de estratos iniciáticos y de profundidad simbólica, la cuestión de fondo no es, simplemente, la verdad, sino la profundidad de la verdad. De nada sirve tener acceso a verdades si estas son verdades superficiales, insignificantes, parciales. Verdades que, si son superficiales, es precisamente porque enmascaran verdades profundas, porque sirven de cortina de humo para esconder las verdades profundas.

Lo que nos vende el pensamiento dominante es que una verdad superficial vale más que una intuición profunda. Los que nos interesamos por las verdades profundas sabemos que tenemos poco que hacer a la hora de demostrar nuestras hipótesis, nuestras intuiciones, nuestras verdades. Esta es la estrategia que van a utilizar una y otra vez para desacreditarnos, para desautorizarnos, para demonizarnos, para censurarnos, en el límite, para criminalizarnos. Ante esta estrategia, nuestra opción debe ser, de nuevo, poner en valor la profundidad de la verdad sobre su comprobabilidad, relativizar el valor de la verdad en función de su superficialidad o profundidad. Solo así podremos plantar cara a la superficialidad del pensamiento dominante y de los medios de desinformación. Y lo mismo que decimos de superficialidad de la verdad lo podemos decir de su compartimentalización, de su limitación a disciplinas y ámbitos específicos del saber, de su especialización y esoterismo, que es una estrategia similar a la de la superficialidad, porque también elude la comprensión integral y profunda de la realidad.

La verdad profunda es la que se esconde en el sancta sanctorum del poder-religión. Pero, precisamente por eso, es una verdad inaccesible para la sociedad profana. A esta verdad profunda solo pueden acceder los altos iniciados, bajo juramento de secreto, obediencia y amenaza de muerte, en el caso de que lo incumplan. Esto significa que, en rigor, es muy difícil, para la sociedad profana, acceder a esta verdad profunda. Solo contados insiders que la hayan conocido de primera mano tendrán el valor de revelarla, y a menudo lo pagarán muy caro con su persecución o muerte. De hecho, estas persecuciones o muertes son indicios muy poderosos de que determinados whistleblowers o investigadores están diciendo la verdad. Aunque no hay que olvidar que, cuanto más nos acercamos a estos sanctae sanctorum, mayor es la desinformación, que tiende a aparecer mezclada con la información.

Insistimos, ahí es donde se van a encontrar las verdades profundas, en los sanctae sanctorum del poder-religión. Con las dificultades que estamos diciendo. La verdad profunda es la de la transgresión moral, la del ritual de sexo y sangre, la del incesto y la antropofagia. La verdad profunda es la interacción de todos los dispositivos de poder-religión de los que estamos tratando aquí: el falo, el ano, la vagina, la matriz, la boca, el ojo, etc. Siempre en el doble sentido hierogámico y sacrificial del que venimos hablando. Y siempre, al mismo tiempo, en el sentido más concreto y en el más simbólico, en el más bajo y en el más elevado.

Desde este centro oculto iremos encontrando verdades más superficiales a medida que más nos alejemos, a medida que nos vayamos situando en las distintas capas de cebolla que conforman el sistema. Si queremos verdades, encontraremos muchas verdades en las universidades, en los parlamentos, en los medios de comunicación, en las instituciones del estado, en los think tanks de los poderosos. Pero todas estas serán verdades superficiales, verdades de cartón piedra, que son cortinas de humo para esconder las verdades profundas. Si queremos verdades profundas, entonces tendremos más dificultades para acceder a ellas y para demostrar que lo son. Esta es la elección. Esto es lo que distingue a unos investigadores de otros.

Las verdades profundas son demasiado ob-scenas para que sean soportadas por la mayoría. Todo el sistema, a todos los niveles, se basa en esto. La mayoría está tan poco acostumbrada a la verdad profunda, está tan cómoda con la verdad superficial, que prefirirá quedarse como está y mirar a otro lado cuando les mostremos otras verdades más incómodas. Esta es una de las claves para comprender cómo funciona el sistema, su hipocresía estructural. Pero que es, de hecho, como estamos tratando de mostrar aquí, la lógica de la programación mental mediante trauma. Mostrar las verdades profundas supone, por todo lo que decimos, convertirse en marginal, no ser creído, no ser leído, ser malinterpretado, ser demonizado, ser perseguido y escarmentado. En el límite, ser aniquilado por el sistema.

Insistimos, la verdad profunda es, por definición, demasiado ob-scena para que se quiera conocer. Las sociedades, en el fondo, no quieren conocer esta verdad profunda. Agradecen que se les suministren verdades superficiales para su consumo, y olvidarse de que hay algo detrás de ellas. Este es un mecanismo milenario. Y, de hecho, hasta cierto punto sano, que ha desarrollado la propia cultura para vivir más feliz, con cierta tranquilidad de conciencia, con cierta dignidad, con un cierto aprecio de lo humano. De hecho, incluso aunque en nuestro caso nos interesamos por las verdades profundas, reconocemos que hay algo de insano en querer conocerlas. Algo de contraproducente, de morboso, de sádico. Aunque esto pocos lo reconocerán o lo entenderán, también los que denunciamos la gran carnicería en que consiste el sistema disfrutamos sádicamente, en alguna medida, con ello.

Las élites saben muy bien el grado de esta verdad obscena que las sociedades en general toleran. Siempre han resguardado muy bien la verdad profunda de los ojos de las masas y de los curiosos. Siempre han regulado muy bien el grado de verdad, el grado de obscenidad, que desvelan. Y este, como estamos intentando mostrar, es el mecanismo del poder-religión por excelencia. En esto consisten las iniciaciones en las sociedades secretas, en instrumentalizar esta ocultación del mal y de la verdad, como una forma de poder y de implementación de las agendas. Pero también fuera del ámbito iniciático, en el de la sociedad profana, este control del velo de isis es uno de los dispositivos centrales del poder-religión. En particular, en un régimen fuertemente visual como es el hollycapitalista. Y siempre entendiendo todo esto en el marco de la estructura capitalista-hollycapitalista, esto es, en el de la producción, el intercambio mercantil, el valor de cambio, etc. La mercancía es, antes que nada, una puesta en mercado, muy similar a una puesta en escena. La mercancía participa de toda está mecánica de encubrimiento de las verdades más profundas.

Todo lo que decimos supone que el arte del poder-religión es muy cercano al arte del teatro, o al cine, en su versión hollycapitalista. El sistema sería como un gran complejo multicines, en el que existen infinidad de salas, en las que se proyectan distintas películas y a las que tienen acceso distintas personas, en función de su grado de iniciación. Pero películas en las que los actores y los espectadores intercambian sus papeles.