¡Qué fácil es hacer leña del árbol caído!
Mientras reboto contra las orillas de este río que me arrastra, sin prisa pero sin pausa, hacia el aserradero, rememoro cómo llegué hasta aquí.
Un buen día tomé conciencia de la heterodoxia de mi entorno: una colosal sabina de más de diez metros de verticalidad leñosa, un ciprés negro que la superaba con creces, algunos chopos, sauces —uno de ellos llorón— y, por supuesto, una robusta y altiva secuoya que nos empequeñecía a todos. Los hombres apenas perturbaban nuestra existencia silenciosa y, desde mis más de seis metros de enebro, me enorgullecía de ser uno de los más rectos. Mi ego era inmenso, alimentado por la sombra protectora de aquel gran árbol.
Pronto la cercanía se torno en amistad y la amistad en colaboración subterránea a través de compartir alimentos desde nuestras raíces. Todo iba bien.
Hasta que llegaron desde la lejanía los ladridos de los perros. Unos hombres comenzaron a marcar con cruces rojas los troncos de mi entorno; a mí también me “crucificaron”. Los canes se ensañaron con mi dura corteza, densa en resinas naturales que antaño me inmunizaban contra la humedad, los hongos y los insectos. Y no contentos con eso, levantaron una cerca a nuestro alrededor. ¡Qué insensatez! ¿Qué temían de unos seres con las raíces firmemente ancladas a la tierra? ¡Jamás habríamos podido huir!
Estábamos sentenciados: aquel apretado bosque iba a ser arrasado para levantar casas. Alguien había decidido que formábamos parte de un zulo, uno enorme.
Mientras aguardábamos la llegada de las máquinas y las motosierras, me tocó presenciar la agonía de mis compañeros. El primero fue el majestuoso Cupressus sempervirens. Un tipo duro que hacia honor a su nombre al que ya habían intentado eliminar de muchas formas diversas. Lo quemaron vivo, solo a él, aunque las llamas no se extendieron. Luego vi pudrirse a la sabina, al chopo, a algún pino todos de la misma forma… y lo que fue peor, a la gran secuoya. Vi cómo se pudría en pie, marchitándose lentamente, hasta que antes de expirar me confesó la verdad: una noche, uno de aquellos pequeños seres de metro y medio se había deslizado hasta su base para inyectarle un veneno en las entrañas.
Murió de golpe. El estruendo ronco y seco de su copa desplomándose desde más de cincuenta metros rozó mi tronco. Todo quedó en un silencio sepulcral; nadie se atrevía a rechistar. Enormes goterones de resina nublaron mi vista, endureciéndose como un sudario.
A mí me talaron años después. El sauce llorón ya no paraba de sollozar, y un chopo intentaba disimular el temblor antes del tajo definitivo. Terminamos todos en este rio hacia nuestro destino final.
Aquellos pequeños seres consiguieron su zulo, pero sobre el claro que abrieron ya no crece la vida, solo la muerte.
….
Hoy, al despertar, escribí este breve texto al estilo del gran Manuel Valera @mmvaleraes
Perdonen mi torpeza. Dedicado a todos los fallecidos a los que ahora se difamara «In aeternum» hasta que llegue su Émile Zola.
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